CAPÍTULOS, LA PORTADORA

 

LA PORTADORA

 Lorraine Cocó

CAPÍTULO 1

La tarde que Allison fue citada por el abogado, el sonido seco de la carpeta del señor Cousin al caer en la mesa de madera maciza de su caótico despacho la despertó del estado catatónico de los últimos días.

Echó un vistazo a aquella habitación por primera vez desde que había entrado hacía unos minutos. El mobiliario era caro y de calidad La decoración cargada y no carente de cierta excentricidad. Las paredes estaban cubiertas de mapas de apariencia antigua marcados con multitud de púas de colores que localizaban sitios, imaginaba que de algún interés para el abogado.

Cuatro vitrinas cubrían una de las paredes y llenas de objetos extraños: máscaras tribales y artilugios estrafalarios de madera y metal, papeles y más papeles, y una completa colección de brújulas y anteojos que, aunque parecían de valor, estaban amontonados unos sobre otros de cualquier manera.

No era el despacho de un abogado. De no conocer la profesión del señor Cousin, habría apostado por la antropología, arqueología, o alguna ocupación similar.

Aquel hombrecillo no desentonaba en aquel ambiente variopinto. De muy baja estatura, a ella debía llegarle poco más que a la altura de los pechos, vestía con un traje en tonos castaños y estampado de cuadros, demasiado grueso para las temperaturas que sufrían en aquella semana de primeros de julio, aunque el ventilador de aspas que colgaba del techo lo mantenía aireado y se sentía fresco. La piel se le erizó, pero el abogado sudaba a chorros que surcaban su despejada frente y que empapaban el escaso pelo que le caía por los lados. La montura de sus gafas se resbalaba por su angosta y desproporcionada nariz una y otra vez, mientras intentaba mantenerlas en su sitio.

En aquel momento, abría una carpeta de cuero ajado y descolorido atada con un cordón elástico. Lo vio sacar unos papeles del interior y hacer un gesto que la dejó perpleja: se los acercó al rostro, los olfateó y cerró los ojos como disfrutando de aquel acto, haciéndola sentir incomoda al presenciar un momento aparentemente tan íntimo para él que, de manera súbita, pareció consciente de su presencia.

—Señora Connor, la he hecho venir con tanta urgencia porque tenemos un asunto muy delicado que tratar —comenzó a decirle el abogado sin levantar siquiera la cabeza de los papeles que tenía sobre la mesa y que observaba con extremo interés.

Allison, sin embargo, no había podido escuchar más allá de aquellas dos palabras: «Señora Connor». Curiosamente, aquel hombre era la segunda persona en un año que la llamaba de esa manera… «Señora Connor». Nunca había utilizado su apellido de casada. Estaba tan acostumbrada al suyo que no se le ocurrió. Era algo en lo que pensar, le extrañaba, ya que había estado ansiosa por formar parte de James, de una familia…

—¡Ujum!… ¡Señora Connor!

Una vez más se había quedado perdida en alguna palabra…

—Lo siento, me he distraído.

—No se preocupe, estos no son momentos fáciles para usted. Prometo no dilatarme en exceso, pero como le decía es de vital importancia que mantengamos esta reunión. No quise molestarla el día del entierro, pero viendo que no se ponía en contacto conmigo para hablar del testamento de su esposo, creí necesario llamarla yo.

—Señor Cousin, mi marido no tenía posesiones. Ni siquiera nos había dado tiempo a establecernos en un sitio, juntos. Teníamos pensado comprarnos una casa, pero…

Sintió un nudo en la boca del estómago que amenazaba con estallar en llanto, aunque sabía que no sería capaz de hacerlo. Aun así, tampoco el resto de las palabras consiguieron salir de su boca.

—Lo cierto es que el señor Connor sí tenía propiedades. Más concretamente hablamos de una en Brawnsville, Texas, su ciudad natal —le dijo el abogado mientras le acercaba una foto.

La tomó entre los dedos con sumo cuidado. Parecía antigua, amarillenta por el paso de los años, pero la extrema delicadeza de su tacto se debía más bien al desasosiego que le producía tener la prueba palpable de toda una vida, la de su propio marido, totalmente desconocida para ella.

—¿No tenía usted conocimiento de esta propiedad?

Se limitó a negar con la cabeza mientras escudriñaba la foto con minuciosidad.

Parecía sacada de La casa de la pradera. ¡Dios! Era exactamente lo que había soñado de niña que sería su hogar. Una estructura de dos plantas en madera blanca y tejado negro. Las enormes ventanas con contraventanas de la misma robusta y blanca madera, la valla del mismo color. No era una construcción que llamara la atención por su tamaño, parecía incluso un poco pequeña, pero tremendamente acogedora. La verja, que recogía un cuidado jardín, se abría al interior por una puertecita junto a un buzón antiguo, no se distinguía bien si de hierro forjado.

En los escalones que llevaban hasta el porche, tres figuritas. Un niño moreno, de facciones oscuras y mirada seria, sostenía con uno de sus brazos un bebé, mientras pasaba el otro de forma protectora sobre los hombros de uno más pequeño de cabello rubio y ondulado. Éste guiñaba los ojos cegado por el sol. Apenas eran dos rallas en aquella hermosa cara pecosa, pero no le hacía falta verlos para reconocer el increíble color verde.

Era su marido.

Se llevó una mano a la boca sintiendo temblar los labios por unos momentos bajo las yemas de sus dedos, que luego pasó con delicadeza por la foto buscando respuestas, buscando calor.

Se estaba asfixiando, volvían a apoderarse de ella las náuseas y los mareos de los últimos días. No aguantaba más en aquel despacho, y decidió marcharse, deseosa de marcharse y refugiarse en la tranquilidad de su casa y asimilar la vorágine de sentimientos que había despertado en ella aquel encuentro.

Al despedirse en la puerta del despacho, el abogado le dio una tarjeta suya, momento que aprovechó este para agarrar su mano. Se agachó y le dio un beso en el dorso, de manera anticuada, sosteniéndola demasiado tiempo y haciendo que aquel gesto fuese aún más incómodo para ella. No pareciéndole suficiente, se dispuso a olisquearla como un rato antes había hecho con los papeles. Inhaló lentamente y, cerrando los ojos, se inclinó un poco más hacia ella.

Se incorporó abruptamente sin soltarla. La mirada que le dedicó el abogado en ese momento le provocó otro escalofrío. Cargada de demasiado interés, como si fuese la primera vez que tenía ante su presencia a una persona como ella. Le recordó a la expresión de los niños cuando hacen un descubrimiento importante, sólo que la de ellos está cargada de inocencia e ingenua excitación, y la de aquel hombre tenía algo oscuro que le erizaba la piel. Quiso ignorar la sonrisa curiosa e indescifrable que paseaba por sus ojos, pero entonces dijo:

—Dos latidos —arrastró el sonido de cada letra al pronunciarla.

—¿Cómo dice? —preguntó sorprendida y aprovechó el momento para intentar deshacer el apretón de manos. Pero el extraño hombre no estaba dispuesto a soltarla tan fácilmente.

—Es usted fascinante, señora Connor, y tremendamente valiosa —añadió ampliando la inquietante sonrisa—. Debería tener cuidado. En este mundo, muchas personas harían cualquier cosa por conseguirla —mientras pronunciaba aquellas escalofriantes palabras, entrecerró los ojos tras sus redondas gafas y volvió a olfatearla—. Exquisita, sin duda.

Ese fue el límite que sus nervios fueron capaces de soportar, por lo que se liberó con brusquedad y salió de su despacho prometiendo llamarlo en caso de necesitar sus servicios.


 

CAPITULO 2

Hacía algunas semanas que había perdido la capacidad de reírse, de vivir, incluso de sobrevivir. Pero a los pocos días algo lo volvió a cambiar todo.

Primero, la visita al despacho del abogado y albacea testamentario de su marido, James. Fue toda una sorpresa recibir la llamada de aquel hombrecillo, del que, por otro lado, no había sabido nada de su existencia con anterioridad. El especial interés que mostró el abogado en que se citase con él aquella misma semana la había dejado intrigada, pues no imaginó que hubiese algo que tuviesen que notificarle.

James y ella habían vivido una relación relámpago, pero tan bonita e intensa como un sueño. Un sueño de los que sólo puedes tener cuando eres una niña. Cuando aún crees en la magia, no te cuestionas ningún pero, y la ilusión guía tus pasos sin esperar que haya una red de seguridad bajo tus pies.

Estaba en una firma de libros cuando lo vio por primera vez. James se acercó para pedirle que le firmara un ejemplar de su última novela, que quería regalar a su madre. Lo observó acercarse a la mesa vestido con su uniforme de piloto, blanco inmaculado, ajustado a sus anchos hombros, elegante y distinguido; como el príncipe de una de esas historias de dragones y princesas que tanto le gustaba leer de niña escondida en un rincón solitario del orfanato en el que se crió, mientras pasaba las horas dedicada a soñar.

James fue como una visión, con el cabello rubio perfectamente cortado y una sonrisa amplia y limpia como la de un niño. Se enamoró de él a primera vista, y él de ella, y la invitó a cenar aquella misma noche. Tardaron apenas unas pocas semanas en decidir que querían pasar el resto de sus vidas juntos y casarse. Y, aunque debido al trabajo de ambos no pudieron disfrutar de una luna de miel tradicional, el año que compartieron como marido y mujer fue un festejo diario de su amor.

No habían sido un matrimonio convencional ya que él viajaba constantemente y ella estaba de promoción por todo el país con su última novela. Pero había sido intenso, y ella se había sentido, por primera vez en la vida, completa, al formar parte de otra persona.

Al casarse con James pensó que nunca más volvería a estar sola o sentirse como la niñita desgarbada de pelo rojo y rebelde que jamás era elegida para ser adoptada en el orfanato.

La visita de hacía unos días al señor Cousin había sido una sorpresa inquietante y reveladora, definitivamente. Aunque no tanto como descubrir aquella misma mañana que la vida le había vuelto a cambiar para siempre, que ya no volvería a ser la misma jamás.

Se había levantado temprano por no haber podido dormir en toda la noche, algo que últimamente le ocurría con demasiada frecuencia y hacía que se le hubiesen instalado de manera permanente unas feas y oscuras bolsas bajo los ojos que le daban un aspecto aún más frágil del habitual. Sentía que había cambiado por dentro, pero no había imaginado hasta qué punto.

Se observó en el espejo del baño, sosteniendo la prueba de que su vida no volvería a ser la misma. La mantuvo entre los dedos unos minutos mientras perdía la mirada en los ojos de la Allison que la observaba desde su reflejo. No era capaz de reconocerse en ellos.

En realidad, aquella imagen tan sólo le mostraba a una extraña en su baño, sosteniendo aquel trozo de plástico con dos rayitas dibujadas en rosa que cambiarían su vida para siempre.

Quiso acercarse a ella, abrazarla, decirle que no pasaba nada, que todo iba a salir bien, pero las palabras no salieron de su boca. Sólo vio cómo el rostro se le compungía en un gesto roto. Y de repente, se dejó caer. Su cuerpo adormecido durante días empezó a temblar desconsolado.

Durante aquellos días se había sentido en una enorme esfera de cristal que alguien especialmente aburrido vapuleaba de un lado a otro haciendo que todo temblara. A la sensación de desequilibrio se sumó la asfixia, la náusea y, por fin, el llanto. Ese llanto que había estado conteniendo durante semanas rompió sobre su rostro quebrado por el dolor y la esperanza.

Saber que iba a tener un hijo de su difunto marido, había sido lo que la había hecho reaccionar y tomar la decisión más drástica de su vida.

Mudarse a Brawnsville.

Y lo primero era contárselo a Jane. Fue a su despacho esa misma tarde con la intención de comunicarle sus planes, pero de ninguna manera podía decirle toda la verdad. No debía contarle lo que la había llevado a tomar esa decisión, al menos de momento. Conocía a su amiga y su vocación súper protectora para con ella. Siempre lo había hecho, como un perro guardián. Cuando comenzó a tener una relación con James, llegó al punto de investigarlo. Por lo que sabía que, de conocer su embarazo, habría hecho lo que estuviese en su mano para impedir su marcha.

—Ali, ¿qué demonios dices? Bromeas, ¿verdad?

Allison vio cómo los chispeantes ojos de su amiga y editora, Jane, adquirían toda su capacidad de expresión. En cualquier otro momento habría conseguido zafarse de su mirada inquisitiva, que tanto miedo daba a otros escritores, con una ridícula mueca o algún comentario jocoso, pero no sería así en aquella ocasión.

—Jane, ya he tomado una decisión. Estoy decidida. Sé que es algo repentino, pero tengo que hacerlo. Necesito ir allí y conocer a su familia.

—¿Y qué esperas ganar relacionándote con esa gente? ¿No crees que si realmente mereciese la pena hacerlo te los habría presentado él mismo? No han formado parte de vuestras vidas, no sabes nada de ellos. Viven en un pueblo perdido en la otra punta del mapa. ¿Vas a cruzar el país para conocerlos? Aún peor, ¿para comenzar una vida allí sin nadie? Aquí estamos los tuyos, tus amigos, tu gente.

Jane se dio la vuelta en mitad de su exposición, justo a tiempo para ver cómo se rompía por el dolor.

—Lo siento cariño…

Comenzó arrodillándose y limpiándole el rostro con un pañuelo de papel que sacó del bolsillo.

—Lo siento de veras, pero intento que no cometas un error. Ir a ese sitio…

—Brawnsville —la interrumpió entre lágrimas—. Se llama Brawnsville.

—Está bien, Brawnsville. Irte a vivir a Brawnsville, no te devolverá… a tu marido. James no va a volver —dijo casi en un susurro, como esperando que las palabras no hiriesen aún más su maltrecho corazón—. Me preocupas tú. Evidentemente, como editora, mientras reciba tus escritos, lo mismo da que los escribas aquí en Chicago, en una isla tropical o en ese pueblo perdido del mapa. Pero, personalmente, si el consejo se lo doy a mi amiga, a mi mejor amiga, no lo entiendo —dijo incorporándose y comenzando a pasear por la habitación mientras hablaba, algo muy característico en ella—. Tómate unas semanas para airearte, visita el pueblo, vete de vacaciones, pero no a vivir, y además, tal y como estás de ánimo, no deberías marcharte sola. Espérame un par de meses. Ahora tengo la promoción del libro del engreído de Jonathan Graus. Bien sabes que por librarme de ese engendro de hombre renunciaría a mis esplendidas vacaciones en la Toscana italiana y me iría contigo a disfrazarme de vaquera —colocó los dedos como si fuesen un par de revólveres y sopló después de hacer que disparaba al cartel de promoción del último libro de Jonathan.

—Lo siento, pero lo necesito ahora. Entiendo que te preocupes por mí, pero no puedo esperar y voy a hacerlo.

Allison levantó la vista, y lo que Jane vio en sus ojos, aún brillantes por las lágrimas, la dejó sin palabras.

Determinación.

La clase de determinación que pararía el tráfico de la avenida Michigan o que llevaría a una persona a emprender una nueva vida. No había una sola palabra más que decir. La conocía desde hacía diez años y si había decidido marcharse, sólo quedaba una cosa que ella pudiese hacer. Pero estaba preocupada. Hasta el momento, había mantenido segura a Allison. Ella era la única que conocía su naturaleza mágica, su poder. Allison no había tenido la suerte que tuvo ella de nacer en una familia que la aleccionara sobre sus poderes, sobre lo que ella era en realidad. Jane siempre había sabido lo que era, Allison no. Si bien sus naturalezas eran muy diferentes, Allison era única en su especie y si alguien más lo descubriera estaría en serio peligro. Tenía que asegurarse de que no fuese así. Tendría que pedir ayuda para llevar a cabo su misión, pero mientras, respecto a su conversación con Allison, solo le quedaba una cosa por hacer:

—¡Prométeme que me llamarás! ¡Todos los días! —dijo Jane acercándose y fundiéndose en un profundo abrazo con ella—. Iré muy pronto a verte —terminó por prometer.

—Te voy a echar de menos —le dijo Allison entre sollozos.

—Y yo a ti, maldita cabezota —le contestó su amiga apartándole un mechón de pelo color cobre del rostro.

 

CAPÍTULO 3

 

 

 

Recoger los recuerdos de toda una vida llevó a Allison mucho menos de lo que esperaba. De alguna manera, se las había ingeniado para no atesorar demasiadas cosas. Intentó convencerse de que aquello se debía a su naturaleza práctica, pero en realidad, dando un último vistazo al que hasta ese momento había sido su apartamento, se daba cuenta de que lo había tratado como un lugar provisional. No había querido hacer grandes reformas ni cambios drásticos en la estructura y decoración de la casa. La adquirió con los beneficios de su primer gran éxito como escritora, impaciente por tener su espacio por primera vez en la vida, algo suyo, su casa, su sitio.

En el orfanato cambiaba cada cierto tiempo de dormitoriosegún las necesidades de espacio y el número de niñas que hubiese. Siempre compartió habitación, eso no era problema para ella, le había hecho sentir segura y más tranquila. Pero las internas iban y venían y ella siempre estaba allí, viendo cómo el mundo cambiaba a su alrededor. Las vidas de las otras chicas que se marchaban acompañadas por sus nuevos padres, a veces, también encontraban en su esperado hogar más hermanos, otras, incluso, eran familiares que venían desde lejos a recogerlas. Aquellos recuerdos eran agridulces.

Pasados los primeros años en el orfanato se dio cuenta de que con lo único que podía contar siempre era consigo misma y su fértil imaginación. Llenó sus horas, sus días y noches, al igual que sus cuadernos, con los personajes que habitaban en su mente. Personajes que manejaba a su antojo, que vivían vidas extraordinarias como las que imaginaba, y que transcurrían fuera de los muros del orfanato. Personas y seres extra-ordinarios que habían sido su compañía y familia durante todos los años de su vida. La acompañaron en el orfanato, en la escuela básica, en la secundaria y en la universidad.

Consiguió una beca para Northwestern gracias a las estupendas notas que obtuvo y haber ganado el Premio Literario del condado de Cook, El despertar de las letras. Colaboró con el periódico universitario donde recibió halagos y premios por algunos de los artículos que escribió. Fueron unos años interesantes; estudiaba mucho, trabajaba en la biblioteca del campus, compartía habitación con otras chicas que comenzaron a formar su grupo de amigas definitivo, entre las que se encontraba su adorada Jane. Y descubrió que la escritura no tenía por qué ser solo un mundo de escapada, también podía convertirse en su futuro, su medio de vida.

El éxito de su primera novela fue tan inesperado como abrumador. En unos meses se convirtió en un pez nadando en el mar, en lugar de en la que hasta ese momento había sido su acogedora pecera. Había agradecido tener a Jane con ella. Su amiga había leído algunas de las historias que había escrito en la universidad. Su familia estaba ligada y muy bien situada en el mundo editorial. Creyó en ella y comenzó a ocuparse pronto de lo que denominaba «el trabajo sucio», para que Allison solo tuviese que dedicarse al creativo.

Hacían un buen equipo.

Jane le había aconsejado también sobre cómo invertir el dinero. Un ejemplo era la compra de aquel bonito apartamento situado en el Downtown, en uno de los mejores barrios de Chicago.

Como no quería sentir que todo cambiaba demasiado en su vida, en lugar de comprar una casa grande y ostentosa, se había decidido por un coqueto apartamento de dos habitaciones, con techos altos, paredes blanquísimas, moderna cocina americana perfectamente equipada, grandes ventanales que iluminaban cada rincón de su hogar y un cálido y bello suelo de parquet en madera clara. Era todo lo que había esperado y necesitado.

Vivía en un décimo piso, lo que le proporcionaba unas estupendas vistas de la ciudad del viento. Desde la ventana podía disfrutar de la imagen de los enormes rascacielos bañados por el sol, como inmensos caballeros de brillante armadura desgarrando el cielo azul intenso que se reflejaba en las tranquilas aguas del río Chicago. Le encantaba contemplarlas cuando eran teñidas de verde cada año para la festividad de San Patricio, evocando en ella sensaciones extrañas de tiempos lejanos, imágenes impregnadas en sus retinas venidas de otros mundos, desconocidos para ella, pero al mismo tiempo, inherentes a su historia. Una historia desconocida, pues jamás había conseguido averiguar algo sobre sus orígenes.

Ese pensamiento la perturbó, y volvió a centrarse en el paisaje del río.

La vegetación que lo rodeaba esos días se confundía con el agua, haciendo que pareciese rebosar y querer invadir el Downtown, al igual que las luces y sonidos que llenaban una ciudad repleta de vida que le había inspirado día a día, hasta ese momento.

Sin embargo, desde que se marchó James tampoco había conseguido escribir. No le salían las palabras ni de los labios ni de la cabeza ni del corazón. Solo oía murmullos de pensamientos vagos ir de un lado a otro, incoherentes e inconexos aparentemente, y esperaba que eso también cambiase con su marcha a Brawnsville.

A parte de las pertenencias personales, ropa, ordenador, impresora, fax y algunos recuerdos de los viajes que había realizado en las promociones de sus libros, no había más que empaquetar. No tenía nada de valor ni algún mueble especial que quisiera conservar para su nuevo hogar. Tan solo la magnífica colección de libros, algunos atesorados desde la infancia, y que debían aguardar en Chicago a que Jane se los enviase semanas después, cuando tuviese un sitio adecuado para ellos en la nueva casa. Y su inseparable bicicleta que también tendría que esperar por problemas evidentes de espacio en el trasporte. Por todo lo demás, no había tenido problemas para meter toda una vida en el escueto maletero de su lujoso Jaguar XK color plata.

No era el coche que hubiese elegido ella para realizar ese viaje, ni siquiera para pasear por la ciudad o hacer los recados de su vida cotidiana. Solía utilizar la red de trenes de la CTA, y la bicicleta para ir a pasear por Grant Park en su ruta habitual para visitar museos los domingos por la mañana. Chicago era una gran ciudad para ir en bicicleta, con sus más de ciento sesenta kilómetros de ciclovías, era una auténtica atrocidad desperdiciar la oportunidad de perderse entre sus calles y disfrutar de las vistas por estar pendiente del tráfico.

En la elección de su coche había tenido mucho que ver Jane también. El día que fueron a comprarlo Allison se decantaba una y otra vez por cómodos turismos, de amplios maleteros, gran fiabilidad, fáciles de manejar y desde luego con un glamour que no llegaba a la altura de las llantas de su fabuloso Jaguar. Jane le había dicho que esos no eran coches dignos de una escritora de éxito como ella.

Tal vez no lo habría elegido porque no se sentía una escritora de éxito, solo Allison, la misma Allison de siempre, que ahora se ganaba el pan dando vida a los personajes que siempre la habían acompañado en sus fantasías, no se sentía alguien especial, pero había accedido a comprar aquel coche del que al final había terminado encariñándose. No podía negar que para un viaje tan largo como aquel y hacer una mudanza, otro vehículo más amplio habría sido mucho más útil, pero se alegraba de hacerlo con su coche. Compañero inseparable durante los últimos tres años, era como viajar con un viejo amigo. Y tenía que reconocer que si había un coche cómodo y confortable en la conducción, ese era su Jaguar.

Y en ese instante ambos se dirigían a comenzar una nueva vida en un lugar en el que tampoco tenía raíces. Tal vez las de su marido fuesen suficientes para proporcionarle la calidez y sentido que había buscado hasta este momento. Esperaba que así fuese, porque el motivo real de dejarlo todo e ir a Brawnville no era otro que el de dar a su hijo lo que ella no había podido tener: una familia. No podía dársela por su parte, pero su padre sí tenía una. Y eso le daba una esperanza, aunque no pudiese evitar la incertidumbre y el temor de que se materializasen como verdaderas todas las dudas que Jane, como ella misma, se había estado formulando los últimos días sobre la familia de James.

No sabía qué iba a encontrar allí. Su marido le había hecho una descripción demasiado superficial. En las ocasiones que había hablado de su madre, lo hizo con evidente amor y admiración, no en vano, sabía que había tenido que luchar ella sola para criar a sus hijos desde jóvenes, pues su padre había fallecido, cuando él y sus hermanos eran unos niños, en un accidente de tráfico. James se la había descrito como una mujer fuerte a la vez que amorosa, firme en sus convicciones y de gran corazón, y eso la tranquilizaba.

James y ella mantenían comunicación por correo electrónico y, en contadas ocasiones, telefónica. Después de hablar con ella, James siempre le decía que estaba seguro de que cuando se conociesen se llevarían estupendamente bien, pero ese supuesto no se había llegado a materializar. James siempre daba largas al momento del encuentro. De su hermano mayor, Caleb, y su hermana menor, Casey, sin embargo, apenas sabía nada. La edad y poco más. Cuando había querido indagar en lo que a ella le parecía el maravilloso mundo de tener hermanos y la relación de su marido con los suyos, este siempre había contestado con evasivas, respuestas generales e impersonales, que, aunque no habían satisfecho su curiosidad, había dejado pasar para no incomodarlo.

Eran contados los momentos de los que habían dispuesto para disfrutar el uno del otro, y no quería empañarlos con temas que parecían no ser de su agrado, pues en aquellas ocasiones él se tensaba, se le oscurecía la mirada y parecía perdido durante unos minutos. Ahora, sin embargo, se arrepentía de no haber insistido un poco más.

Era consciente de lo poco que sabía de su marido, y aquel viaje habría sido mucho más sencillo de haber conocido por lo menos a qué tipo de recibimiento se iba a enfrentar al mudarse a Brawnsville, pero no iba a tardar en descubrirlo.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 4

 

 

 

Cuatro estados, dos mil trescientos veinte kilómetros, tres días y medio y 25 horas de conducción después, llegó por fin a su destino. Brawnsville la esperaba regalándole un espléndido y caluroso día de principios de agosto. Afortunadamente, el interior climatizado del coche le permitía disfrutar de las magníficas vistas sin sudar una gota, ya que no estaba provista de la protección ni la indumentaria necesaria para enfrentarse al calor texano.

Aquel pueblo no se parecía en nada a su Chicago natal. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar, detuvo el coche ante el cartel de bienvenida que ofrecía en letras negras y verdes algunos datos de interés sobre el pueblo. Contaba con novecientos veintitrés habitantes, «ahora novecientos veinticuatro», pensó. Vivían casi más personas en la manzana donde se ubicaba su apartamento en Chicago que en todo el pueblo. Debía conocerse todo el mundo, iba a ser una sensación extraña pasar del anonimato de una gran ciudad a ser reconocida y reconocer a todo el mundo por la calle.

Aquel letrero de bienvenida, por tonto que pareciera, le hizo sentir emocionada y algo nerviosa, como un niño el primer día de escuela. La mezcla de incertidumbre, expectativas e incluso cierto miedo hicieron que comenzasen a sudarle las manos y tuviese que limpiarse las palmas en las perneras de los pantalones.

Lo siguiente en llamar su atención fue la distribución del pueblo, que recordaba a la que aparecía en las películas de vaqueros; una calle principal lo dividía en dos, sorprendentemente ancha y franqueada en sus extremos por los edificios principales de la ciudad, el ayuntamiento y la comisaría, y en el otro extremo, la iglesia. A ambos lados compartían acera de igual manera pequeñas tiendas con fachadas coloridas en madera y cuyos escaparates parecían sacados de revistas antiguas, con grandes almacenes de electrodomésticos, ropa, ferreterías… Para placer de su pasatiempo favorito, pudo comprobar que uno de los establecimientos era una bella librería de dos plantas, no sabía si muy acertadamente ubicada junto a la biblioteca del pueblo. Vio también un par de almacenes de materiales que seguramente tendría que visitar cuando hubiese hecho un inventario de las reparaciones que necesitaba la casa. Tal vez allí pudiesen darle referencias de alguien para ayudarla con la reforma.

Otra cosa que llamó su atención fue la manera tan natural en la que compartían las calles vehículos todoterreno, turismos y personas a caballo. Acababa de llegar al viejo oeste con su flamante coche. Era como ir vestida de corista en un poblado Amis.

Impresionada por la singular belleza de aquel lugar de contrastes y mezclas, continuó por la avenida principal hasta que un cartel de madera con letras blancas indicó la entrada a la zona residencial en la que estaba situado su nuevo hogar. Giró a la derecha y no tardó mucho en encontrarlo, pues a los pocos metros de comenzar la calle pudo reconocer la construcción blanca de la fotografía.

Aun así, la sacó del bolsillo donde la había tenido guardada durante todo el viaje, como si necesitase la prueba palpable de que algo la había empujado hasta aquel lugar. Un vistazo a la fotografía le confirmó que aquella era la casa que buscaba y que seguía en pie, aunque parecía que necesitase ayuda urgente para continuar haciéndolo.

La pintura estaba descascarillada, la madera claramente envejecida. Se mantenía en su sitio, pero estaba pidiendo a gritos un lijado y pintura urgentemente, al igual que el resto de la fachada. Había que cambiar algunas maderas de las ventanas. La verja y el buzón de correos también tenían un aspecto alicaído. El jardín ya no aparecía como en la fotografía, verde, salpicado de flores y bien cuidado. Ahora, una selva de matojos habían asfixiado a las culpables de su belleza anterior.

Comenzó a subir los escalones no dejando que la apariencia desoladora de la casa la amilanase, pero antes de llegar a la puerta escuchó que alguien la llamaba a su espalda.

—¡Disculpe! —le gritó, sonriendo, una pintoresca mujer desde fuera de la valla.

Sobresaltada, se tomó unos segundos para fijarse en ella. Llevaba unos pantalones rojos a juego con una cinta que le ataba el pelo a modo de diadema y el cabello de un tono más rojo aún. Una amplia camiseta blanca y zapatillas de deporte del mismo color. Era bajita, debía medir unos diez centímetros menos que ella, que no sobrepasaba el metro sesenta y cinco. Lo que la convertía en una miniatura muy llamativa, ya que dudaba que pudiera pasar desapercibida. Daba la impresión de ser un polvorín a punto de estallar. Su voz algo chillona y cantarina la saludó con un acento ligeramente dulce del que estuvo segura que no le costaría acostumbrarse.

—¡Hola! Soy Carol, vivo en la casa de al lado. ¿Puedo ayudarla en algo?

—¡Hola, Carol! Encantada de conocerla. Soy Allison, su nueva vecina —le dijo acercándose hasta la valla.

La mujer fue entrecerrando los ojos hasta convertirlos en dos líneas de suspicacia.

—Esta casa lleva abandonada casi veinticinco años, debe haberse confundido, querida.

—Estoy segura de que es aquí, no se preocupe —contestó con la intención de girar sobre sus talones para volver hacia la entrada. Estaba ansiosa por inspeccionar su nuevo hogar.

—Pero esta casa pertenece a la familia Connor… —insistió la mujer con apremio.

—Lo sé.

Bajó la vista hasta sus manos entrelazadas impacientemente y acarició su anillo de bodas, una sencilla alianza de oro blanco con un diminuto diamante en el centro. Le dio un par de vueltas en el dedo antes de continuar con la explicación.

—Soy la señora Connor.

Los ojos de aquella pintoresca mujer pasaron de ser dos líneas en su rostro a abrirse como platos; llenos de curiosidad la recorrieron de arriba abajo. Las miles de preguntas que aparecieron en su boca se atragantaron en ella al escuchar sus siguientes palabras.

—Soy la mujer de James.

—¡Oh!, no sabíamos que James se hubiese casado antes de… Lo siento mucho, querida… —le dijo la vecina aventurándose a cogerle las manos. Unas manos menudas y regordetas de tacto frío y húmedo. Aquel gesto que pretendía demostrar cercanía, la hizo sentir incómoda. No era muy dada a tener contacto con otras personas y menos con una mujer a la que no conocía y de la que no quería recibir ningún tipo de compasión.

—De cualquier manera querida —continuó sin dejar de mantener el contacto—, no creo que sea conveniente que se quede usted hospedada en esta casa. Lleva muchos años abandonada, no está en condiciones de ser habitada. Hace un tiempo, yo misma hice una propuesta a la familia para ponerla en venta, porque soy agente inmobiliario, ¿se lo había dicho, querida?

—No, no lo había mencionado.

—Pues sí, lo soy —dijo ampliando su sonrisa de vendedora nata—. Pues, como le decía, vender esta casa hubiese sido la mejor opción para la familia, pero rechazaron la oferta, según tengo entendido tiene algo que ver con el valor sentimental que tiene para la señora Connor, la otra señora Connor —añadió torciendo el gesto.

Escuchó a aquella mujer, que parecía no necesitar tomar aire para seguir hablando, y comenzó a sentir cómo le daba vueltas la cabeza y el mareo amenazaba con hacerla caer de bruces. No podía aguantar un minuto más y decidió terminar con aquello cuanto antes.

—Gracias, señora… —comenzó a decir cuando se dio cuenta de que la mujer no le había dicho su apellido.

—Carol, querida, llámame Carol. —insistió ella manteniendo la sonrisa más grande que hubiese visto jamás.

—Carol, le agradezco muchísimo su interés y preocupación —dijo sacando al mismo tiempo la mano aprisionada entre las de la vecina—, pero no será necesario. Vengo con toda la intención de quedarme. Dedicaré todo el esfuerzo y recursos que sean necesarios para restaurar la casa y voy a quedarme en ella. Siento tener que despedirme ahora mismo, pero comprenderá que vengo de hacer un larguísimo y agotador viaje y necesito descansar. Gracias por su bienvenida. —Con este pequeño discurso dio por zanjada la conversación, y se apresuró a subir los escalones que se dirigían al porche, rezando para que la contundencia de su tono hubiese hecho desistir a la charlatana vecina de cualquier intento de conseguir más información. Unos segundos después, suspiró agradecida cuando la oyó mascullar una rápida despedida a su espalda.

 

 

CAPITULO 5

 

 

 

Los días amanecían en el rancho Connor rebosantes de aromas de la cocina: galletas de canela y jengibre, tortitas, huevos rancheros y café. Cada hombre que estuviese en las inmediaciones sentía su apetito despertar a los pocos minutos de que Pony entrase en la cocina. Siempre le había gustado preparar platos especiales para los suyos. Desde que sus hijos fueran pequeños, jamás había faltado una tarta casera o alguna variedad de pastel a los que les pudieran hincar el diente. Era una de las formas en las que ella prefería demostrar su amor a los suyos, y se veía gratamente recompensada pues, aún en el día de hoy con sus hijos con treinta y seis y veinticinco años, seguía viendo su sonrisa al morder una de sus galletas. ¡Ojala pudiese seguir viendo la del mediano de sus hijos!

James había fallecido hacía apenas dos meses y medio y, aunque habían pasado años desde que decidió marcharse del rancho, la correspondencia que mantenían era poco frecuente, aún no se había acostumbrado a vivir con aquel vacío. El dolor que le provocó pensar que jamás podría volver a hacerle galletas como cuando era niño, le atravesó el corazón hasta el punto de tener que agarrarse el pecho con la mano. No podía dejarse llevar por ese sentimiento. Casey se negaba a hablar sobre el tema, al igual que Caleb, aunque sabía que el sufrimiento de este último era aún mayor.

Los fantasmas del pasado lo atormentaban cada noche y lo estaban destrozando por dentro. El mayor de sus hijos no quería hablar y tampoco podía forzarlo, tenía que esperar a que estuviese preparado. Intentando desechar aquellos pensamientos tan dolorosos intentó centrarse en otra cosa.

Aquel día tenía una misión especial: hacer una tarta de cumpleaños para Jake, el capataz del rancho. Cumplía treinta y un años, y en los cinco que llevaba trabajando para ellos se había convertido en un miembro más de la familia. Lo quería como a un hijo, y como tal, cada día entraba en la cocina a «robarle» unas galletas.

—¡Bueno días, señora Connor! —la saludó este quitándose el sombrero y disponiéndose a entrar en la cocina.

—Jovencito, ¡ni se te ocurra entrar con esas botas de barro en mi cocina! —le regañó Pony levantándole un dedo a modo de advertencia.

Jake se limpió las suelas contra el felpudo de metal que había en el exterior y le dedicó a Pony su mejor cara de falsa inocencia.

—¿Cuándo va a dejar de llamarme jovencito? —dijo Jake con una sonrisa juguetona.

Pony estuvo segura de que aquella era su arma letal para derretir a las mujeres, pero ella ya era vieja e inmune a los encantos masculinos.

—Cuando llegues a mi edad —le dio una galleta—. Mientras, seguirás siendo un jovencito.

—Hoy cumplo treinta y un años, señora —le dijo mientras se metía la galleta entera en la boca.

—Lo sé, te estoy haciendo tu tarta favorita. —Y le mostró el cuenco en el que batía vigorosamente los huevos.

—No tiene que molestarse —apuntó Jake sonrojado por los cuidados que le profesaba Pony. Lo cierto era que ella había sido lo más parecido a una figura materna que había tenido en su vida.

Jake se crió con su tío, un rudo vaquero al que tenía que agradecer haberle enseñado todo lo que sabía sobre caballos y cómo manejar un rancho. Su vida no fue nada fácil, su tío lo sacó de la escuela con catorce años porque hacía falta que se pusiese a trabajar y, desde entonces, lo hizo tanto como un adulto. Se levantaba al alba y se acostaba al anochecer con el cuerpo molido de tanto trabajar, pero jamás se había quejado y aunque nunca tuvo el cariño de unos padres, no lo echó en falta pues no sabía lo que era. Y estaba agradecido a su tío que había sido un ejemplo de honradez y trabajo duro, ayudándolo a convertirse en el hombre que era ahora.

Cuando llegó al rancho Connor, cinco años atrás, descubrió lo que se había perdido al conocer a la señora Connor, una madre amorosa que velaba y se preocupaba por sus hijos cada día. Decididamente, Caleb y Casey eran muy afortunados al tenerla. Aunque estaba seguro de que uno de los problemas de la pequeña de la familia, Casey, era haber sido tratada como una princesa. Demasiado cariño y protección la habían convertido en una niña mimada, que tendía a pensar que siempre se podía salir con la suya. «Y hablando de la reina de Roma…», pensó.

—¡Buenos días, mamá! —dijo Casey a su madre plantándole un amoroso beso en la mejilla—. Jake —fue el escueto saludo que le profirió a él, acompañado de un ligero ladeo de cabeza que dejó caer su larga melena negra como una cascada de seda.

—Casey —le contestó él en el mismo tono seco.

Jake vio a la princesa mimada estirarse con ciertas dificultades para coger un bote de la estantería más alta de la alacena de la cocina. Si hubiese sido un caballero, pensó, la habría ayudado y le habría cogido él mismo aquel bote de confitura. Pero no lo era ni quería facilitarle las cosas ni quería perderse las vistas. Casey se había puesto un vaquero negro ajustado y una camisa blanca anudada en la cintura que dejaba esta al descubierto, mostrando una piel morena, tersa y aparentemente suave. Sobre sus caderas redondeadas descansaba un cinturón adornado con balas. Aquella postura también le daba una visión bastante provocativa de sus pechos elevándose erguidos contra la tela fina de la camisa.

Sí, aquella niña mimada era una auténtica pesadilla cuando uno pretendía hablar con ella; estirada, creída y desconsiderada, pero era una verdadera delicia mirarla. En su vida, jamás había conocido una mujer con semejante belleza: salvaje y refinada al mismo tiempo. Su mirada oscura y su increíble melena negra que le caía lisa hasta el final de la espalda, eran el resultado de su herencia genética Kickapoo. Pony era indio-americana, y su hija había heredado esas facciones exóticas de aspecto salvaje que magnetizaban a cuanto hombre posase la mirada sobre ella. Pero también poseía una gracia gatuna al moverse que recordaba a una chica fina y exquisitamente educada. Él sabía que eso solo era una fachada, Casey tenía más de salvaje que de cualquier otra cosa. Él había visto el fuego en su mirada cada vez que se cruzaban. No la soportaba, y ella a él tampoco, lo que facilitaba mucho el trabajo en el rancho, porque ambos se evitaban prefiriendo no cruzar sus caminos. Aun así, no podían rehuir momentos como aquel de convivencia familiar en los que tenían que verse, pero al menos ante Pony lo llevaban de la forma más educada posible.

—Voy a hacer una llamada mientras reposa la masa —dijo la señora Connor saliendo de la cocina mientras se limpiaba las manos con un trapo.

Unos minutos después, Casey rompió el silencio entre los dos.

—¿Vas a ayudarme o a seguir mirando? —le dijo ella dedicándole una mirada furiosa.

—No hay nada que desee mirar —contestó él ladeando la cabeza con la misma expresión inocente que le había dedicado a Pony minutos antes. Aquel comentario encendió aún más los ojos de Casey. «Era tan previsible», pensó, «enfadarla era tan sencillo como atizar el fuego de una hoguera».

Casey colocó una de sus manos en la cadera y lo obsequió con una sonrisa tan fría que provocaba el mismo efecto que una bofetada.

—Me alegro de que pienses así, porque aquí no hay nada que esté a tu alcance —le dijo ella señalándose de arriba abajo, muy altiva.

Jake apretó los labios y entonces los de ella transformaron la sonrisa fría en una de plena satisfacción. Ella disfrutaba humillándolo, haciéndolo sentir inferior. Ya le había dejado claro más de una vez que, para ella, él sólo era el capataz, un trabajador más a su cargo, y como tal no merecía consideración alguna. En ese momento Jake tenía ganas de estrangularla, así que decidió marcharse.

—¡Qué tengas un buen día, princesa! —se despidió colocándose el sombrero y saliendo por la puerta.

Casey se quedó allí parada con el tarro de confitura en la mano, mirando la puerta que se cerraba frente a ella. ¿Cuántas veces había deseado que él la llamara así? Pero la forma en la que Jake le tiraba las palabras, como un lanzador de cuchillos, revelaba sus intenciones. Aquel «princesa» era un insulto. Se lo escupía cada dos por tres para hacerla sentir rastrera, y lo odiaba por eso. En realidad no lo hacía, pero ojalá fuera así, su vida sería más sencilla.

—¿Y Jake? —le preguntó su madre regresando a la cocina.

—Se acaba de marchar.

—¡Vaya! Quería pedirle unas cosas. ¿Le has dicho lo de la cena de esta noche? —preguntó su madre ajena al torbellino de emociones que la atormentaban cada vez que se cruzaba con él.

—La cena… no. Pensaba que se lo habrías dicho tú.

Casey llevaba toda la semana pensando en aquella cena. Una parte de ella se alegraba de no poder poner excusas para no asistir, mamá la habría matado de intentarlo. Caleb y ella apreciaban verdaderamente a ese hombre. Pero después de aquel pequeño encuentro, no sabía cómo podría sobrevivir a estar sentada a la misma mesa que él durante horas, mantener la compostura y ocultar lo que sentía por él sin que la perspicaz de su madre se diera cuenta. Prefería que sus sentimientos por Jake permanecieran en el anonimato, de lo contrario sería el hazmerreír del rancho. Todo el mundo sabía que él no la soportaba, sólo él se atrevía a hablarle a ella como lo hacía.

—Tendrás que ir a decírselo, Caleb y él van a salir a dar una vuelta por el rancho, tenían que hacer unas reparaciones.

—¿Y por qué tengo que ir yo a decírselo? ¡Qué lo haga Caleb ya que va a estar con él! —se quejó Casey que no estaba dispuesta a marchar corriendo detrás de Jake.

—Pues porque no he avisado a tu hermano, y de veras señorita Casey Connor, cada día te comportas más como una niña. No entiendo por qué tienes que poner tantas pegas para cumplir un recado tan sencillo, ni que tuvieras algo mejor que hacer… —le dijo Pony reprobatoriamente.

—¿Ves? ¡Ahí radica el problema, mamá! —comenzó a quejarse Casey—. Todo el mundo piensa que la pequeña Casey no tiene nada que hacer, y que por eso tengo que estar siempre dispuesta a hacer recados como si tuviera aun diez años, y no es así ¡Yo tengo mis intereses! ¡Mi vida! —dijo ella sorprendiéndose a sí misma con aquel discurso. Había intentado evitar que su madre le siguiese preguntando porque no quería ir a hablar con Jake, y se le ocurrió la tontería de que la mejor defensa era un ataque. Y era una tontería porque hablando con su madre no se saldría jamás con la suya.

—Cuéntame tus planes —se interesó su madre dejando sobre la encimera las varillas y el cuenco para prestarle a ella toda su atención, y eso era lo último que Casey quería.

Pony levantó los brazos en dirección a su hija instándola a que hablara.

—Pues, unos planes, mamá, no es necesario que los comentemos ahora —le dijo ella dándose la vuelta con la excusa de coger un pedazo de tarta y así evitar la mirada inquisitiva de su madre.

—No tengo nada mejor que hacer, cuando alguno de mis hijos cree que estoy siendo desconsiderada con él. Me preocupan tus cosas, así que me gustaría que me contaras, ¿qué es lo que quieres hacer tan importante para ti, como para no poder ir un momento a decir a Jake que hemos preparado una cena para él esta noche?

Dios mío, su madre era buena, demasiado en realidad. Estaba completamente convencida de que estaba siendo desaprovechada en aquel rancho. Era la mejor interrogadora del mundo. Sabía qué teclas tocar para que te sintieras culpable y pensaras que hablar era lo mejor que podías hacer, que de hecho era lo que querías hacer. Pero ella no quería. Y no tenía una excusa lo suficientemente buena como para no poder hacer aquel recado tonto. Tenía que haber cerrado la puñetera boca y haber ido a hablar con aquel estúpido que no hacía más que traerle problemas.

—¿Y bien cariño? Me preocupan tus inquietudes, pero no tengo todo el día —le metió prisa su madre.

—Bien, está bien. No tengo nada tan importante que hacer que pueda impedirme ir a decirle a Jake lo de la cena, ¿de acuerdo? Ahora mismo voy —se rindió dirigiéndose a la puerta.

Reconocer aquello era más sencillo que inventar una excusa que la mantendría sentada en la mesa de la cocina, con su madre, durante horas en las que ésta intentaría que su hija se desahogase sobre las cosas que le preocupaban.

—Bien, pues corre, no quiero que haga planes y al final se pierda su propia celebración de cumpleaños.

—Sí, mamá —contestó a su madre saliendo ya por la puerta.

Odiaba a Jake, lo odiaba a muerte por hacerle aquello, convertirla en una boba loca que andaba por ahí teniendo cambios de humor, mintiendo a su madre y a ella misma, que se pasaba la mitad del tiempo buscando excusas para verle y la otra mitad para evitarle. Cuando lo tenía cerca la cabeza le daba vueltas, el corazón le latía tan rápido que parecieran el de un pura sangre al galope. En ocasiones le había faltado el aire y había conseguido hasta temblar. Se sentía insegura y sin ningún control sobre ella misma. Y cuando estaba lejos de él o cuando llevaba más de dos días sin verlo se ponía triste y ñoña, susceptible y enganchada. Necesitaba verle aunque fuese desde lejos, y eso la hacía sentir patética; por aquello también lo odiaba.

Se acercó a los establos segura de que allí lo encontraría preparando su caballo, pero cuando estaba a punto de entrar lo oyó hablar con alguien. El tono seductor que dedicaba a su interlocutor la hizo pararse en seco y prestar atención.

—Ya sabes, preciosa, que sí tengo ganas de verte, por eso te llamo… Es que he tenido mucho trabajo, pero esta noche podría compensarte por lo de la semana pasada.

Casey escuchó la risa de Jake, juguetona y sexy, y sintió cómo le hervía la sangre en las venas. Estaría hablando con alguna fresca con la que quería quedar para aquella noche.

—…Tú ya sabes cómo… ¡Ah! ¿Sí?… Mmmm… Seguro que eso me va a gustar.

Se estaba poniendo enferma, no podía soportarlo más. Quería estrangularlo allí mismo.

—¡Ujum! —tosió a su espalda, pero él ni se inmutó.

¿Así de grande era su desfachatez para no terminar con aquella conversación aun estando en su presencia? Pensó.

—¡Ujum! —volvió a toser con más fuerza. Jake se giró lentamente sin soltar el auricular.

—¿Querías algo? —le preguntó tapando el altavoz para que la mujer con la que hablaba no la oyera.

—Sí, ¡qué dejes tus conversaciones privadas para cuando no estés trabajando! —le ordenó.

Jake elevó una ceja aparentemente divertido con la actitud de ella.

—Tú no eres quién para decirme cuando puedo hablar y cuando no —contestó sin dejar el aparato.

—Yo puedo ordenarte lo que me plazca, trabajas para mí, ¡capataz! ¿O se te olvida tu cargo?

—No se me olvida, princesa. ¿Y qué es lo que desea su alteza que ha venido hasta aquí a buscarme? —le dijo él con una sonrisa burlona.

—¡Yo no deseo nada de ti! —mintió—. Me ha mandado mi madre.

Jake la observó cruzarse de brazos y tamborilear la puntera de su bota de pitón contra la tierra como si estuviese siguiendo el ritmo de una canción, y supo que no lo iba a dejar tranquilo.

—Preciosa, tengo que cortar —comenzó a decirle a la chica que tenía al teléfono—. No se deben tener conversaciones de adultos en presencia de los niños —continuó riendo. No le hizo falta mirar a Casey para saber que la había puesto realmente furiosa—. Un beso, preciosa. Hasta esta noche —terminó y colgó dirigiéndose a Casey.

—Vas a tener que llamar a esa fresca con la que hablabas y cancelar la cita —le dijo con una mirada rabiosa.

—Es la segunda vez en esta conversación que te confundes creyendo que puedes decirme lo que puedo o no hacer, princesa —contestó acercándose a ella y deteniéndose a pocos pasos.

—¡A mí me da igual lo que tú hagas! —volvió a mentir—. Pero mi madre me envía para que te diga que ha preparado una cena en tu honor esta noche, para celebrar tu cumpleaños.

Casey apretó los dientes.

Era evidente que la chica no estaba conforme con el hecho de que le organizasen una cena de cumpleaños a un capataz, o tal vez, sólo se tratase de que era él el capataz en cuestión. De cualquier manera, el hecho de hacerla enfadar era siempre un placer y un motivo de diversión, pensó Jake.

—¡Pony es una gran mujer! Es una pena que no hayas heredado nada de ella. Dile a tu madre que estaré encantado de asistir a esa cena. Puedo ir al bar después.

Jake le notificó sus planes y se marchó pasando por su lado como si ella no tuviese nada más que decir.

¡Lo odiaba! ¡Lo odiaba a muerte! La invadió la rabia por aquella conversación, por la forma que tenía él de tratarla. Porque hubiese quedado con aquella fresca esa noche, por saber que era completamente invisible para él como mujer, peor aún, la despreciaba.

Todo aquello le colocó un nudo en la garganta que no la dejaba respirar. Lo sentía ahí asfixiándola hasta querer romper su dolor en un llanto impotente. Necesitaba salir de allí. Correr y sentirse liberada.

La sangre caliente hirviendo por sus venas en un torbellino impaciente que hacía latir cada célula de su cuerpo y, llegar al punto en el que los latidos de su corazón lo llenaban todo, como un zumbido sordo que transformaba en neblina lo que se ponía a su paso.

Tenía que salir a correr y perderse un rato. Solía hacerlo por la noche, cuando la oscuridad le regalaba la intimidad que necesitaba y los seres nocturnos eran los únicos testigos de su otra yo, de su naturaleza salvaje.

Pero no podía esperar.

Se quitó toda la ropa en uno de los establos vacíos, la dobló y escondió entre unas balas de heno. Se asomó y comprobó con cautela que nadie podía verla. Allí mismo se transformó en una preciosa loba de color gris y ojos ambarinos. Los caballos comenzaron a alterarse y golpear los establos, endiablados, por lo que, sin esperar, salió por la puerta trasera del establo y fue en busca de su ansiada libertad.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

 

 

 

 

Al abrir la puerta de su nuevo hogar, lo primero que tuvo que hacer fue contener la respiración. El aire era tan espeso, cargado de partículas de polvo y olores fuertes entremezclados, como el de la madera y la humedad, que sintió por unos segundos que se mareaba. Unos momentos apoyada en el marco de la puerta con los ojos cerrados le permitieron estabilizarse y continuar con la inspección.

Lo primero fue abrir la ventana que había junto a la puerta y que, tras rendirse a la insistencia con los pestillos oxidados que mantenían cerrada la contraventana, dejó entrar un torrente de la luz dorada del exterior que bañó todo el recibidor haciendo que despertarse abruptamente de su prolongado letargo.

El aire que entró, aunque demasiado cálido para ella, le regaló un renovado ambiente que hizo su respiración más ligera y llevadera. Fue entonces cuando se fijó en la escalera que comunicaba con la planta de arriba; toda de madera, escalones, paredes y una preciosa barandilla lo suficientemente ancha como para intentar deslizarse y bajar por ella. Pasó una mano por la superficie llena de polvo de aquella pieza exquisitamente tallada y casi pudo imaginar a su marido de niño bajando desde el piso superior.

La imagen le dibujó una tierna sonrisa en los labios. Cerró los ojos intentando guardar el momento. Con el paso de los días había llegado a temer que las imágenes de James se borrasen de su mente, y las necesitaba, aún más que el aire que respiraba. Decidió seguir la inspección antes de que el llanto se lo impidiera.

Después de la muerte de James no había conseguido soltar una sola lágrima, hasta el día que tomó la decisión de marcharse y, desde entonces, no había hecho otra cosa más que llorar. Cualquier pequeño detalle que la removiese por dentro hacía que rompiese en un llanto profundo y desconsolado que duraba hasta que su cuerpo, dolorido y cansado, se rendía al sueño. En aquel momento no podía dejarse llevar por semejante abandono, por lo que se dirigió a la puerta que tenía a la derecha.

Primero encontró un pequeño aseo y después se topó con el salón; una habitación amplia e imaginaba que luminosa por los dos grandes ventanales que veía en frente y a la derecha, la pared izquierda era presidida por una bonita chimenea de piedra sobre la que descansaba una sencilla repisa. Estaba completamente vacío. Abrió los grandes ventanales para que al menos se llenase de la luz que necesitaba para inspeccionar mejor paredes y techos en busca de humedades y desperfectos que necesitasen reparación.

Al otro lado del recibidor, la cocina mostraba el mismo estado de desolación. Una fila de muebles bajos con un pequeño fregadero era todo lo que había allí.

Al inspeccionar el mobiliario se dio cuenta de que había que tirarlos todos. La carcoma se había dado un festín con ellos. Tenía que montar una cocina completa allí, pero aquella estancia tenía grandes posibilidades. La distribución cuadrada y el gran ventanal junto con la puerta, que dirigía a un bonito porche trasero, la hacían alegre y acogedora. Cuando terminase con ella no tendría nada que envidiar a la completa cocina que disponía en Chicago.

En la planta superior, una a una fue abriendo tres habitaciones. Las dos primeras de igual tamaño y forma cuadrada; a la izquierda, al final del pasillo, otra un poco mayor junto al baño. Esta tenía tan solo una pequeña cama individual y una bonita puerta de madera con doble hoja que daba a un balcón de apenas unos dos metros de ancho por unos tres de largo.

Se enamoró inmediatamente de aquella casa luminosa y espaciosa, toda de madera, paredes, techos, suelo… Era como vivir en un gran árbol. Enseguida pudo imaginarse viviendo allí con su bebé, como si fueran los pequeños habitantes de una casa de muñecas; con colchas floreadas, visillos de encaje en las ventanas y muebles macizos y robustos.

Necesitaba ayuda, eso sí, y de manera urgente, porque las reformas y arreglos que precisaba aquella casa iban a ser mayores de lo que había imaginado.

Lo primero era visitar el pueblo y comenzar a aprovisionarse de todo lo requerido. La cama del dormitorio principal le daba la posibilidad de pasar la noche allí, pero necesitaba artículos de limpieza, comestibles y conseguir mano de obra y materiales para la reforma. Tenía mucho trabajo por delante y estaba deseosa de comenzar.

 

Al entrar en Broderick e hijo, se sintió como un hombre en una mercería: perdida. Enormes filas de estanterías de metal formaban el entramado de pasillos que disponían y clasificaban todo tipo de herramientas y utensilios extraños que jamás había imaginado que existiesen y de los que no tenía la menor idea de cuál serían su utilidad. Pasó unos segundos mirándolas como si con aquel ademán pudiese familiarizarme con la mercancía y empezase a pensar que sabía lo que estaba haciendo. Después, se rindió por fin y decidió aproximarse al mostrador. Un hombre de mediana edad y calva reluciente se acercó enseguida con gesto amable.

—¿En qué puedo ayudarla, señora? —le preguntó mientras tiraba de uno de los tirantes que sujetaban sus pantalones vaqueros.

—Bien… Pues, no sabría qué decirle… Necesito muchas cosas, pero no sé por dónde empezar —contestó un poco perdida. Nunca había tenido que hacer la reforma de una casa, sabía qué quería reparar, pero no cómo hacerlo ni cuáles eran los mejores materiales para la tarea. Estaba segura de que aquel hombre pensaría que era tonta del bote, pero al mirarlo a los ojos solo vio curiosidad.

—¿Usted no es de por aquí verdad? —le preguntó mientras agarraba sus dos tirantes y metía una barriga inexistente.

—No, señor. Me llamo Allison —se presentó—. Acabo de mudarme.

—Yo soy Broderick, el dueño de esta ferretería —dijo el hombre ofreciéndole la mano y una pequeña y casi imperceptible sonrisa.

Allison estrechó la mano de aquel hombre, de palmas grandes y ásperas, con un rápido apretón.

—Encantada.

—Y dígame, señora, ¿cuál es su problema?

—Pues… como le decía, acabo de mudarme. Tengo que hacer bastantes arreglos en la casa y me preguntaba si usted podía recomendarme a alguien para el trabajo.

—Claro, ha venido usted al lugar indicado —contestó el hombre ampliando la sonrisa—. ¡Junior! —gritó este por encima de su hombro en dirección a la trastienda.

—¿Qué? —dijo una voz desde la parte de atrás.

—¡Ven! ¡Aquí hay una señora que necesita tu ayuda!

—¡Voy! ¡Un momento!

—Junior es mi hijo. Además de ayudarme en la ferretería, hace arreglos y chapuzas en las casas de la zona. Tiene buena mano con la madera y la pintura, seguro que podrá ayudarla.

—Eso sería estupendo —dijo aliviada. No podía creer que al primer intento hubiese conseguido quien le hiciese la reforma.

—Ya estoy aquí. —Desde detrás del señor Broderick, apareció ante ella una versión más joven pero tremendamente parecida a la de su padre. Incluso llevaba el mismo tipo de vaqueros con tirantes. Los dos hombres de complexión media, ligeramente desgarbados y espalda ancha, solo que el hijo debía medir unos diez centímetros más que el padre y mostraba una abundante mata de pelo rubio donde su progenitor lucía una espléndida calva.

—La señora acaba de mudarse y está buscando a alguien que le haga los arreglos de la casa.

—¡Claro! ¿Qué tipo de arreglos? —le preguntó el joven que debía tener unos veintitantos años.

—Pues, la verdad es que son muchas cosas… Necesito pintar la casa entera por fuera y por dentro, arreglar algunas maderas en las ventanas, la valla, puertas, también hay que cambiar la cocina por completo, revisar la instalación eléctrica y seguro que habrá más cosas por hacer, eso es todo lo que he visto por encima. Quizás sea mucho trabajo para una sola persona, porque la verdad es que me urge mucho hacerla habitable, ya me he instalado.

—Bueno, no se preocupe por eso, mis primos, José y Antonio, pueden ayudarme si es necesario. Habría que ver el estado de la casa primero.

—¡Estupendo! Sin problema.

—Si le viene bien, Junior podría acercarse por su casa a eso de las cuatro y le echa un vistazo —dijo el señor Broderick.

Allison calculó rápidamente el tiempo que necesitaba para hacer el resto de las compras imprescindibles para aquel día y pensó que incluso podría darle tiempo a buscar un sitio donde comer algo.

—Perfecto, le escribo la dirección y lo espero a las cuatro. —Sacó la libreta de notas y la apuntó, después entregó el papel al joven Junior que lo tomó con una gran sonrisa, al parecer encantado de que lo hubiesen contratado para un nuevo trabajo.

—¿Esa no es la vieja casa Connor? —le preguntó el señor Broderick, sorprendido, cogiendo la nota de manos de su hijo.

—Sí, lo es. —Allison bajó la mirada. Era evidente que en ese pueblo todo el mundo se conocía y que su llegada no pasaría desapercibida. Se preguntaba cuanto tardaría la familia de James en descubrir que había llegado al pueblo. No es que pretendiese esconderse de ellos, al contrario, había ido para conocerlos y que formasen parte de la vida de su hijo, pero sí necesitaba un poco de tiempo para instalarse y pensar cómo iba a afrontar el encuentro—. Si me disculpan, acabo de llegar al pueblo y antes de las cuatro tengo aún algunas compras que hacer — dijo dirigiéndose a la salida—. Una cosa más, ¿podrían decirme dónde puedo aprovisionarme de víveres y artículos de limpieza? —preguntó dando la vuelta ya junto a la puerta.

—Sí, claro, a unos cincuenta metros bajando la calle tiene la tienda de Sally, allí encontrará todo lo que necesita.

—Estupendo, muchas gracias. Lo espero a las cuatro, Junior. Ha sido un placer conocerlo, señor Broderick —se despidió saliendo de la tienda y topándose de nuevo con el calor sofocante de las calles de Brawnsville.

Una vez fuera, tuvo que entrecerrar los ojos hasta que se habituó otra vez a la luz del exterior. El sol brillaba radiante en lo más alto del cielo y la temperatura subía por momentos.

Comenzó a bajar con apremio la calle en la dirección que le había indicado el señor Broderick, rezando para que el establecimiento que le habían indicado estuviese equipado con aire acondicionado. No había previsto semejante subida de temperatura, y como el viaje lo había realizado cómodamente protegida del calor con la climatización del coche, se había vestido con ropa cómoda pero no lo suficientemente fresca; unos pantalones color camel de corte recto y un suéter de hilo fino con manga tres cuartos en crudo, zapatos de tacón y bolso en marrón.

Observó a las personas que se cruzaban con ella. La indumentaria generalizada en los hombres era de vaqueros y camisa o camiseta de manga corta; y en las mujeres, vestidos y pantalones en telas finas mucho más frescas que las que ella llevaba.

Empezó a arrepentirse de no haber cogido el coche aunque fuese un trayecto tan corto, se le hacía cada vez más dificultosa la respiración.

Podía ver el calor que emanaba del suelo. Apenas le quedaban unos metros para llegar hasta la puerta, ya podía ver el letrero de madera que pendía de la fachada. «Sally Monroe, comestibles y mucho más» era lo que podía leer en aquel cartel escrito en letra cursiva. Unas guirnaldas de flores pintadas en color violeta y verde encuadraban las letras, dándole un aspecto romántico y algo nostálgico. Le gustó.

De repente las flores del letrero comenzaron a moverse, a bailar lentamente por el filo del cartel, parecía que fueran a desbordarse y caer en la acera a sus pies. Después, comenzaron a danzar también las letras que se desdibujaban ante sus ojos como si se derritiesen, al igual que ella, por el calor. No conseguía mantener la mirada ni que todo dejase de girar, intentó encontrar un punto de apoyo con la mano derecha mientras su palma izquierda reposaba sobre la frente empapada de sudor, entonces, la tierra se abrió a sus pies y cayó.

Se sintió levitar, una campanilla tintineó en su mente y una bofetada de aire fresco le erizó la piel aún en plena oscuridad. A continuación murmullos y sonidos confusos, pasos que corrían de un lado a otro, caos; pero se sentía segura. Una masa cálida y firme la mantenía a salvo. El olor de un aftershave mezcla de sándalo y madera, se abrió paso en su mente inundándola de imágenes sensuales, gimió suavemente.

—¿Qué ha pasado? —escuchó en la lejanía que decía una mujer.

—Se ha desmayado en la calle —contestó una profunda voz masculina y con aquella voz la masa que la sostenía vibró bajo su cuerpo.

—¡Pobrecita! Le habrá dado un golpe de calor, estamos teniendo uno de los días más calurosos del verano —continuó la chica.

—A mí lo que me parece es que esta señorita de ciudad no parece haberse dado cuenta de que está en Texas, ¡mira cómo va vestida! —la criticó el hombre en tono despreciativo.

Intentó abrir los ojos ante semejante comentario, pero sus párpados parecían de acero inquebrantable.

—¿Dónde puedo dejarla? —prosiguió el hombre.

—¡Ay! Sí, perdona Caleb. Déjala en la mecedora, iré a por un paño mojado para ponérselo en la frente. —Oyó que decía la mujer mientras se alejaba.

Sintió cómo la depositaban sobre una superficie dura y no pudo evitar emitir una pequeña protesta. Aquel aroma turbador también se alejó de ella junto con la calidez del cuerpo que la había sujetado. Hizo un esfuerzo por abrir los ojos nuevamente y la silueta de un hombre increíblemente grande inclinado sobre ella lo ocupó todo. Volvió a cerrar los ojos intentando incorporarse, pero entonces la voz femenina volvió para ponerle el paño húmedo en la frente.

—No se levante aún, será mejor que descanse un poco más, con esto se sentirá mejor —le dijo mientras le colocaba el paño.

—Yo tengo que marcharme, ¿te ocupas de ella? —dijo el hombre.

—Sí, no te preocupes, Caleb, yo la atiendo.

—Perfecto — contestó él.

Supo que se había marchado cuando volvió a escuchar las campanillas de la puerta.

—Voy a traerle un vaso con agua fresca, también le ayudará —se ofreció la mujer.

Allison aprovechó el momento para intentar incorporarse y abrir los ojos. Poco a poco las imágenes de la tienda comenzaron a tomar forma ante su mirada. Estaba sentada junto a un mostrador de madera oscura que parecía muy antiguo, pero bien cuidado. Las estanterías en el mismo material, laminado, apoyaban sobre unas bonitas paredes color crema decoradas con las mismas flores que había visto en el letrero de la fachada. Era una tienda muy acogedora y puesta con evidente amor.

—¿Ya se sientes mejor? —le preguntó en aquel momento una mujer joven de cabello rubio por debajo de los hombros y enormes ojos azules que asomaban bajo un flequillo recto. Tenía un rostro amigable y dulce y en ese momento le ofrecía un vaso de cristal con agua.

—Sí, mucho mejor, gracias —contestó tomándolo y dando el primer sorbo. El agua bien fría resbaló por su garganta devolviéndole la vida. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que llevaba horas sin beber líquido. Aquello debía haber provocado su desmayo—. Gracias —repitió mientras se lo devolvía—. No sé lo que me ha pasado, imagino que el calor…

—Sí, es sofocante, apuesto a que podría hacer unos buenos huevos rancheros en el asfalto —comentó la mujer sin parar de sonreír mientras apoyaba ambas manos en las caderas.

Allison se la quedó mirando unos segundos sintiéndose incómoda con la situación. Había montado un buen numerito haciendo que tuviesen que recogerla del suelo. ¡Vaya forma de llegar al pueblo! Para colmo, el hombre que la había ayudado se había marchado sin que pudiera darle las gracias.

—Perdona, no me he presentado, soy Sally —le dijo la mujer.

—Yo soy Allison, encantada, y perdóname tú a mí por… el incidente.

—¡Oh! No te disculpes por eso, si no estás acostumbrada a este calor, es fácil que te pase, porque no eres de por aquí, ¿verdad? —le preguntó mientras se sentaba a su lado en un pequeño taburete.

—No, la verdad que no. ¿Tanto se me nota? —preguntó avergonzada. Las palabras del hombre que la había recogido seguían retumbando en su mente como un eco persistente.

—Un poco —dijo Sally encogiendo los hombros—. ¿De dónde vienes?

—De Chicago, acabo de llegar hace un par de horas.

—¡Vaya! Has hecho un largo viaje. ¿Tienes familia aquí? ¿Quieres que llame a alguien para que venga a recogerte? —se ofreció Sally levantándose de su asiento y yendo detrás del mostrador.

—¡Oh! No te preocupes, he venido sola, acabo de mudarme. El señor Broderick, de la ferretería, me ha dicho que aquí podría encontrar algunas cosas que necesito para instalarme.

—Por supuesto, yo te ayudaré. Sé lo difícil que puede ser llegar a un lugar nuevo cuando no tienes a nadie. Yo me instalé en este pueblo hace algo más de cinco años, y también estaba sola, pero yo tuve suerte, conocí a Emma, la señora Thompson, ella fue mi ángel de la guarda.

Sally le contó algunas cosas mientras la invitaba a recorrer la tienda y juntas hacían una lista de las cosas que Allison necesitaba. La siguiente hora y media pasó volando. Sally no sólo le había vendido artículos de limpieza, higiene, alimentación, un espejo, utensilios de cocina, un par de juegos de toallas y sábanas, sino que también le facilitó una pequeña nevera que le enviaría a la casa junto con el resto de la compra, aquella misma tarde. Y durante aquel rato Sally amenizó las compras contándole algunas cosas de su vida: su llegada al pueblo estando embarazada y que su novio camionero la había dejado tirada en aquel pueblo con tan solo veinte años. Ella fue a comprarse algo para comer a aquella tienda con los únicos cinco dólares que llevaba encima. Sally conoció a la señora Thompson, una viuda de sesenta años que no había tenido hijos y poseía el establecimiento y la casa que se encontraba en la planta superior. Cuando la señora Thompson le preguntó que en qué la podía ayudar, Sally rompió a llorar. La mujer se apiadó de ella, la invitó a tomar un té y a contarle lo que le pasaba. Al escuchar su historia, le ofreció un trabajo y una habitación, se convirtió en su familia, su apoyo y su amiga. Cuando la señora Thompson falleció por culpa de un cáncer un año atrás, esta le dejó a Sally y a su hija la tienda y la casa, y allí había decidido quedarse para siempre. Era feliz en aquel pueblo en el que todo el mundo se conocía, aunque eso también le hubiese traído algunos problemas los primeros meses después de su llegada.

—Tuve algunos problemas con la «La liga de la moral» —le dijo Sally.

—¿La liga de la moral? —preguntó sorprendida—. ¿Qué es?

—Una agrupación de mujeres vinculadas a la parroquia que se cree con derecho a decidir lo que es moral y lo que no en este pueblo. Al ser madre soltera tuve algunos problemas con esas señoras que intentaron tacharme de inmoral y hacerme vacío en el pueblo, pero también hay personas buenas que no lo consintieron. En los momentos difíciles es cuando uno se da cuenta de con quién se puede contar y con quién no. ¿Sabes? Yo descubrí aquí a personas bellísimas que se convirtieron en amigas, en familia, como la señora Thompson o Caleb, el hombre que te ha recogido en la calle.

—Sí, no he podido agradecerle lo que ha hecho por mí… —Sus palabras fueron interrumpidas por el saludo alborotado de una preciosa niña rubia que entró como un torbellino en la tienda y se abrazó a Sally.

—¡Mami! ¡Tengo hambre! —declaró la recién llegada.

Sally se rió mientras daba un beso en la frente de su pequeña.

—Melania, esas no son formas. Saluda a nuestra nueva amiga, Allison.

—¡Hola! —dijo la niña medio escondida tras las piernas de su madre.

—Melania es un poco tímida al principio, pero luego se suelta y coge confianza —dijo Sally son una sonrisa amorosa hacía su hija.

—¿Sabes? A mí me pasa lo mismo.

Allison se agachó a su altura y le ofreció la mano.

—Encantada de conocerte. Tienes un nombre muy bonito.

—Gracias —dijo la pequeña saliendo un poco de su escondite mostrándole una sonrisa mellada que le convertía el rostro en la cara de un angelito travieso. Cogió su mano y la estrechó vigorosamente.

—¿Te quedas a comer con nosotras? —soltó aquella invitación de la manera más natural.

—¡Oh! No, ya he entretenido a tu mamá demasiado tiempo —se apresuró a decir, incorporándose.

—¡Menuda tontería! No me has entretenido en absoluto, y mi princesa ha tenido una gran idea. Acostumbro a hacer demasiada comida que luego tengo que tirar. ¿Te gusta el chili? Tengo una olla llena.

—No lo he probado.

—¡Dios mío! No puedes vivir en Texas y no probar un buen chili con carne. Te quedarás a comer con nosotras. No hay más que hablar, así podrás hablarme un poco sobre ti —le dijo Sally mientras cerraba la tienda y se dirigía a la puerta que comunicaba con la planta superior.

 

Sally era encantadora al igual que su preciosa hija. La trataron como si se conociesen de toda la vida, haciéndola sentir como en casa. Sally la puso al corriente sobre algunos detalles del pueblo, localizaciones y sitios donde podría encontrar materiales y mobiliario, y Allison le contó algunos detalles de su vida: el reciente fallecimiento de su marido, y que escribía novelas románticas de temática paranormal. También le relató cómo era vivir en Chicago, pero no se atrevió a explicarle los motivos que la habían llevado a tomar la decisión de mudarse allí, tan solo le dijo que necesitaba comenzar de cero. A ella le pareció razón más que suficiente y se alegró de que así fuese. No desconfiaba de ella, pero aun no se sentía preparada para hablar sobre el tema, ella misma no terminaba de creer los acontecimientos de las últimas semanas, y no sabía cómo explicar lo que sentía o se le pasaba por la cabeza en aquellos momentos.

Estaba tan entretenida que cuando fue a darse cuenta, habían dado ya las tres y media.

—Voy a tener que marcharme, he quedado con el hijo del señor Broderick a las cuatro para que venga a ver los arreglos que hay que hacer en la casa —dijo levantándose de la mesa con pesar.

—Has hecho bien contratando a Junior, tiene unas manos increíbles trabajando la madera. El mostrador de la tienda me lo restauró él —apuntó Sally algo sonrojada mientras la acompañaba hasta la puerta.

—Pues hizo un gran trabajo, me he fijado en él cuando estábamos abajo. Sally, muchas gracias por la comida y por todo, ha significado mucho para mí.

—No hay de qué, si necesitas alguna cosa más, ya sabes dónde encontrarme.

A punto estaba de salir por la puerta cuando algo le impidió continuar. Un dolor intenso atravesó su estómago y le provocó un escalofrío. Sabía lo que ocurriría a continuación y salió corriendo en dirección al baño. Sally, preocupada, la siguió, pero se mantuvo fuera para no incomodarla en un momento como aquel, cosa que agradeció. No tardó en ver cómo todo alimento que había metido en su cuerpo aquel día, se iba por la taza del retrete. El malestar le dejó el rostro pálido y perlado por un sudor frío que la hizo sentir enferma.

—¿Allison, te encuentras bien? ¿Puedo hacer algo por ti? Seguro que me he pasado con el picante y tú no estás acostumbrada a esta comida.

Avergonzada e intentando mantener la compostura, abrió la puerta del baño.

—No es la comida —comenzó a decirle a Sally que estaba evidentemente preocupada—, pero… ¿podrías hacer una última cosa por mí?

—Claro.

—¿Podrías recomendarme un ginecólogo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17 comentarios en “CAPÍTULOS, LA PORTADORA

    • Me alegro mucho de que te haya gustado. Muchas gracias por tu comentario. A tu pregunta, saldrá en digital primero en Amazon, después en el resto de plataformas digitales. La publico yo esta vez. El precio, sobre los 2 euros, más o menos. Ya os contaré.

      • Pues yo me haré con ella en la menor oportunidad que tenga, porque me encanta, estoy encantada de esta novela, es preciosa. Mi enhorabuena.

      • Hola Mari Sol. Pues sale a la venta el día 30 de este mes. Primero en Amazon y después en el resto de plataformas digitales. Me hace muy feliz que te guste. Cuando lo leas por favor dime tu opinión. Un besazo.

    • Hola Vianey.
      No sé si has leído todo el libro que lo tienes a la venta en Amazon. Pero además sí, tiene continuación. La Portadora tiene una precuela que saldrá en 2015, que es la historia de Dakata. Y una secuela, que es la historia de Noah. Con lo que finalmente esta serie, la compondrán 3 libros. Espero que te gusten. Un abrazo.

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