SEMANA TEMÁTICA PERDICIÓN TEJANA- LOCALIZACIONES Y ESCENAS

Escenas- localizaciones

Buenos días a todos.

Hoy vengo a presentaros algunas de las escenas que más me gustan y sus localizaciones. Para mí las localizaciones, escenarios, son muy importantes. Pero no creo que se deban comer a la historia, ni regodearse en cada detalle, que termina siendo pesado. Me gusta describir lo justo, pero haciendo que sea sencillo introducirse en el ambiente. Os dejo a continuación con una serie de escenas acompañadas de imágenes. Y termino con el que sin duda es el “momento del libro” Espero que os guste y lo disfrutéis tanto como yo.
 

 

 

Los niños

En este libro son importantísimos los niños, así que os presento a algunos de ellos y su ambientación en el rancho.

     —¡Vaya, vaya, vaya! Así que esta es mi nueva tropa— dijo a sus espaldas. Los niños se giraron para mirarla con interés y expectación —. A ver si lo adivino; tú debes ser Gary, de doce años, y tú Robert, de ocho. Amanda, de trece—añadió señalando a la jovencita—. Tú ya eres una mujer. Seguimos, Stuart de once. Brooklyn de cuatro, Anne de ocho, y aquel de allí sentado en los escalones, es Tommy, y tiene seis años—. Definitivamente, estáis todos.

     —¿Cómo lo sabes? ¿Eres una bruja?—peguntó Anne muy sorprendida.

     —Es demasiado guapa para ser una bruja— le replicó Gary muy resuelto.

     —En realidad, soy como un hada, un hada de los caballos— sentenció con gesto altivo.

     —¿Y qué hacen las hadas de los caballos?—preguntó Stuart.

     —Pues el don más importante que tenemos, es el de poder hablar con ellos —les dijo con una sonrisa enigmática.

     —¡Anda ya! Los caballos no hablan— contestaron los niños al unísono.

     Natalie hablaba con los niños mientras observaba a Tommy de reojo. El niño se acercaba al grupo, pero manteniéndose a cierta distancia. Jason, el hijo de Charlie el capataz, que estaba junto a los caballos, miraba a los recién llegados con una sonrisa condescendiente, en su frente podía leerse “¡principiantes!” Natalie volvió a su interesante conversación.

     —¡Claro que hablan!— repuso— Pero no todo el mundo sabe escucharles.

     —¿Él sabe hacerlo? —preguntó Amanda señalando a Jason con la cabeza.

     —Por supuesto que sabe— dijo Natalie—, Jason es un gran vaquero.

     —Entonces yo quiero aprender — decidió Amanda con una sonrisa dedicada al chico.

 

 
La romántica Amanda

 

 
La dulce Penny y señor oso

 

 
Natalie puesta de sol
     Para Natalie, había sido la noche más larga de su vida. No había podido pegar ojo, repitiéndose una y otra vez: “Ojala fuese un sueño”. A las siete de la mañana, estaba ya cansada de dar vueltas en la cama, y decidió levantarse. Se vistió y se lavó, no sin antes cerciorarse de que no iba a tener más sorpresas aquella mañana. Puso el pestillo de la puerta que daba al dormitorio de Tucker y se miró en el espejo. Sintió un nudo en la garganta, al ver la prueba de que no había imaginado nada de lo sucedido la noche anterior. Se tocó ligeramente los labios, tenía una pequeña marca oscura en el labio inferior, seguramente provocada por los pequeños mordiscos que Tucker le había dado ahí, el recuerdo la excitó de nuevo, y un pequeño gemido escapó de sus labios.

     Decidió que necesitaba un cacao, y fue a por él; salió de la habitación y bajó las escaleras con sigilo. No quería encontrarse con alguien, necesitaba relajarse antes de comenzar un nuevo día. Cuando tenía huéspedes en el rancho, Natalie delegaba algunas responsabilidades del cuidado del mismo, en Charlie, su capataz. De manera que aquella mañana, por ejemplo, no había tenido que salir a agrupar el ganado como habitualmente. Aun así, por la noche no podía evitar los papeleos de contabilidad y otros asuntos burocráticos. Era doble trabajo, pero lo hacía con gusto por estar esos días con los chicos. En el rancho Tramontana, recibían grupos muy diversos para la equinoterapia, pero ella reconocía que su debilidad era trabajar con niños.

     Sacó la taza del microondas y salió al porche con el cacao caliente, el ambiente era agradablemente fresco aún. Se sentó en el balancín abrazándose las rodillas y mirando al horizonte.

 
Los amaneceres de Natalie
 

El río

Tucker mantenía una lucha titánica con los niños, cuando observó a Natalie en la orilla, ésta se quitaba el pantalón corto y la camiseta, para quedarse con un bonito bañador malva que se adhería a cada una de las curvas de su sugerente cuerpo. Se le secó la boca deleitándose con la visión. Momento de despiste que aprovecharon los niños para ahogarle, hundiéndole hasta el fondo.

     —¡Me voy a vengar!— los amenazó entre risas, nada más salir. Pero todos reían orgullos de su victoria contra el gigante, incluso Natalie. — ¿Sabéis chicos? Natalie aún no se mojado. ¿A que sería genial, que se metiera en el agua con nosotros?— les preguntó a los chicos mirando a Natalie con una sonrisa retadora.

     —¡Sí! ¡Vamos Natalie, báñate con nosotros!— le rogaron los niños.

     —Ahora voy, es que está el agua un poco fría— dijo ella.

     —¡Anda! Pero si es una miedica…— siguió provocando Tucker con burla—. Si no se atreve, no nos quedará más remedio que mojarla nosotros, ¿verdad chicos?

     Natalie entornó los ojos en una mirada asesina dedicada a Tucker, cuando vio que los chicos seguían sus indicaciones y comenzaban a salpicarla.

     —Perfecto, si esto es lo que queréis…—comenzó Natalie acercándose a la orilla—. ¡Os lo habéis buscado! ¡Mi venganza será terrible! Tengo para todos, incluido usted, Sr. Mc. Gregor— dijo mientras se tiraba al agua, e iba a por ellos.

 

 

¡4 de Julio!
 

 

     Natalie escondió el rostro entre sus manos. No sabía por qué había hecho eso Tucker. Ya la había tratado así antes, pero siempre en privado. ¿Estaba loco? Iba a estar en boca de todos. ¿Cómo iba a explicar a sus amigas que él la trataba así, porque había pasado algo entre ellos, pero que no era lo que ellas imaginaban? ¡Dios! ¿Qué iba a hacer? Lo primero, ¡matarlo!

     —¡Dios mío Natalie, te has puesto colorada!  ¿De modo que ese era tu secreto de belleza?— le dijo Mary.

     —No chicas, no es lo que pensáis. No sé por qué lo ha hecho, pero no hay nada entre nosotros…— intentó explicar.

     —¡Oh, vamos! ¡No te atrevas a negarlo! Había mucha familiaridad en ese beso— le dijo Phoebe señalándole la mejilla—. Además, ¡es fantástico Nati! ¿O debería decir …Nat?— preguntó con aire burlón.

     —Sea como sea, ha merecido la pena ver la cara de Adriana cuando él ha pasado de ella, y ha venido con nuestra Nati— dijo Claudia sonriente, y las demás la aplaudieron.

     —¡Nos quedamos sin carbón!— le grito Henry desde la barbacoa en ese momento. Natalie se levantó como si le hubiesen pinchado el trasero, deseosa de salir de aquella situación. Iba a aclarar aquello sin perder un momento.

     —Voy a matar dos pájaros de un tiro— dijo a sus amigas antes de dirigirse a la barbacoa— Dame la cesta Henry, voy a por el carbón, y tú Tucker, vienes conmigo— le dijo haciéndole una señal con el dedo para que la siguiera.

     —¡Así se hace cariño!— le gritó Phoebe desde la mesa, y todas silbaron.

     Si supieran que a lo que iba, era a despejarlo, no dirían lo mismo, pensó. Se dirigió a la parte trasera de la casa, donde se encontraban los sacos de carbón, estaban lo suficientemente lejos, como para que nadie oyese los gritos que pensaba darle.

     —¿Sabes? También estás preciosa cuando te enfadas— le dijo Tucker nada más llegar.

     —¡Eres muy gracioso! ¿Pero… qué pretendes, arruinar mi vida? ¿A qué ha venido todo eso? ¡Lo ha oído todo el mundo!— le gritó furiosa.

     La idea de que Natalie estuviese enfadada, porque había alguien en concreto, que no quería que escuchase su insinuación, pasó por su mente. A ella le interesaba otro hombre, no podía haber otra explicación a que ella se hubiese molestado tanto con su comentario.     

    —Mira Nat, no te pongas así, lo cierto es que creí que sería un buen modo de librarme de la Srta. Chase.

     Muy a su pesar, a Natalie le produjo un placer especial, saber que él no estaba interesado en esa arpía.

     —Además, no he mentido— continuó—, entre nosotros hay algo.

     —¡Entre nosotros no hay nada en absoluto!— espetó Natalie rápidamente.

     —Sí que lo hay— le dijo Tucker con voz melosa, mientras se acercaba a ella.

     Natalie se apoyó en la pared.

     —No puedes negar que entre nosotros hay química. Yo te deseo, y tú me deseas.

     Natalie se sonrojó al escuchar directamente lo que su mente había estado intentando negar todo aquel tiempo.

     —No puedes estar diciendo esto en serio…— intentó negar ella.

     —¿Quieres decir …que si ahora te beso, no sentirás nada?— preguntó él acariciándole los labios con un dedo.

     —Yo…

     Natalie estaba tan excitada, que no se sentía capaz de articular palabra. Sintió un creciente humedad apoderarse de su sexo. Lo deseaba más que a nada en el mundo, por eso, cuando él se inclinó y la besó, no pudo más que recibirlo.

     Tucker introdujo la lengua en la boca de Nat, apoderándose de ella por completo, y cuando Natalie gimió de puro placer, ya no pudo parar; la sentía derretirse en sus brazos, con una dulce entrega que lo volvía loco. Ella elevó las manos, y enredó los dedos en su pelo, Tucker sintió como se arqueaba para acoplarse mejor a él, y la agarró por la cintura para acercarla aún más.

     Natalie pudo sentir entonces la dureza de su sexo, clavarse contra ella, mostrándole lo mucho que le quedaba por disfrutar aún de él, y deseo más, mucho más. Tucker subió la mano, hasta coronar uno de sus pechos, abarcándolo en toda su redondez, lo presionaba suavemente haciendo movimientos circulares, ella se sentía hervir por dentro, pero entonces, el comenzó a acariciar su pezón con el pulgar, y Natalie gimió pronunciando su nombre.

     —Tucker …por favor…— dijo apenas en un susurro, y él no pudo ver más allá de poseerla en aquel momento.

     La elevó contra la pared, agarrándola por las nalgas, hasta enredarle las piernas en torno a sus caderas, introdujo las manos bajo el vestido. Con una mano la mantenía elevada, y con la otra acariciaba sus muslos, recorriéndolos ávidamente. Llevaba horas acariciando aquella piel morena con la mirada, deseoso de poseerla, lo volvía loco, y ahora la tenía allí para él. Sólo para él.

     Los besos se hacían cada vez más frenéticos y Natalie estaba experimentado por primera vez, lo que era sentirse devorada por la necesidad de ser penetrada. Su respiración era entrecortada, y a no ser porque Tucker la tenía sujeta, se habría caído de bruces. Sentía su cuerpo al límite de lo que podía soportar, la sangre corría por sus venas, en un torbellino que la mareaba. Quería tocarlo, saborearlo, acariciarlo, allí donde no había tocado a otros. Necesitaba cada centímetro de su piel, y sabía por dónde quería empezar. La dureza de su sexo contra ella, la estaba volviendo loca, por lo que su mano se dirigió a la cinturilla de su pantalón, desabrochó el botón y bajó la cremallera con urgencia, introdujo su mano hasta abarcar con ella la totalidad de su caliente y poderosa erección. Sintió un placer especial al averiguar el poder que tenía sobre él. Nunca imaginó que sería así, comenzó a acariciarlo; arriba y abajo, recorriendo toda su enorme dureza. Se sentía primitiva, sexy y sin control.

     —Nat, cariño, si no dejas de tocarme así, te penetro aquí mismo, delante de todos— le dijo Tucker en un gemido ahogado contra su cuello.

     Pero ella no se detuvo, no podía pensar en más que seguir sintiéndolo en sus manos.

     —¡Nat, me voy a correr!— le dijo el apartándose un poco y tomando su rostro para obligarla a mirarlo— para, no puedo más. No quiero correrme en los pantalones, quiero hacerlo dentro de ti.

 

 

Día de rodeo

—¿Qué vamos a hacer hoy?— preguntó Gary, medio dormido.

     —Vamos a montar, y esta tarde iremos a las carreras de sacos.

     —¡Yo quiero ir al rodeo!— dijo Stuart a su espalda.

     —¡Yo también quiero ir al rodeo!— se unió Gary a la protesta.

     —¿Vamos al rodeo?— preguntó Amanda desde la puerta entusiasmada. Con una mano tenía agarrada a Brooklyn, y con la otra se frotaba los ojos.

     Tommy se acercó a Natalie y la tocó en el brazo para llamar su atención. Por señas le dijo que él también quería ir al rodeo. Era la primera vez que el niño expresaba lo que quería, sin ser preguntado previamente. Era una gran progreso, y no pudo evitar darle un sonoro beso y sonreír contenta.

     —Está bien, os doy una oportunidad para convencerme— dijo con falsa resignación—, pero os va a costar caro…— se hizo la interesante.

     —¿Qué tenemos que hacer?— preguntó Anne.

 

     A esas alturas ya estaban todos los niños en la habitación, incluyendo a la pequeña Penny. Miró a los niños que la rodeaban nerviosos y expectantes.

     —No sé si sabréis, pero en fin; ¡quiero el abrazo más grande del mundo!— “que hoy me hace falta” pensó para sus adentros.

     Los niños corrieron hacía ella y la tiraron sobre la cama, llenándola de besos y abrazos.

     —¡Socorro!— gritó ella— ¡Vais a acabar conmigo!— dijo riéndose.

     —¿Te rindes?— le preguntó Amanda.

     —Me rindo, me rindo. Iremos— dijo incorporándose— pero tenéis que prometerme que seréis buenos, os portareis bien, y me haréis caso en todo momento— les dijo advirtiéndoles con el dedo levantado. — En los rodeos hay muchísima gente, y si os despistáis, podéis perderos.

     —Seremos buenos— dijo Anne con una preciosa sonrisa.

     Natalie le acarició la mejilla, estaba un poco caliente, pero lo cierto es que hacía un calor bochornoso.

     —Perfecto, pues tenemos que darnos prisa; corred a lavaros y vestiros, en una hora como mucho, tenemos que salir de aquí, o no conseguiremos buenos asientos. Se fue de la habitación riendo. Natalie ya sabía que con los niños, no se podía hacer muchos planes, porque ellos siempre tenían los suyos propios.

 

El restaurante

 

La cena resultó de lo más amena. El restaurante era muy bonito y acogedor; El Sheldon se había abierto poco después de que ella volviese al rancho, pero aún no había podido ir a conocerlo, aunque le habían hablado muy bien de su comida. Estaba situado en el centro del pueblo, en un antiguo edificio rehabilitado de estilo colonial. La fachada totalmente blanca, hacía presagiar un interior también blanco y elegante, por lo que descubrir lo que escondía su interior, fue una grata sorpresa. Nada más entrar, un camarero ataviado con una especie de túnica en crema, les dirigió hasta la terraza trasera del restaurante, atravesaron unas puertas de madera blanca envejecida, y en cuestión de segundos, se vieron transportados a un vergel. Las paredes acristaladas, estaban cubiertas de árboles; palmeras, plataneros y cañas.  Las mesas redondas, de distintos diámetros, estaban impecablemente vestidas con algodones naturales en blanco, los cubiertos eran de plata y madera, la vajilla de porcelana blanca y  las copas de vidrio verde con labrados de plata en el pie. Las sillas eran de madera de teca con mullidos cojines blancos atados con lazos del mismo color. Un paraíso en medio del desierto.

     —¡Ben, este sitio es fantástico! No imaginaba nada remotamente parecido.— Le dijo admirada.

 

 

 

Los celos de Tucker

 

Entró en la casa con sigilo, estaba todo en silencio, cerró la puerta y se apoyó en ella. De repente, se encendieron las luces del recibidor. Natalie se asustó y se tapó la boca con la mano, para ahogar un grito. Tucker estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos; tenía la mandíbula tensa, y expresión fiera en la mirada. Natalie tuvo que tragar saliva.

     —¿Qué estás haciendo aquí?— le preguntó.

     —Tomarme una copa— le dijo él elevando el vaso que tenía en la mano a modo de brindis.

     En realidad, la estaba esperando. Llegaba tarde, debía haberlo pasado muy bien con aquel tipo. Se tensó. Observó como ella se inclinaba hacia delante quitándose los zapatos; el vestido se le subió por detrás revelando la parte más alta de sus muslos. Tragó saliva y sintió como se excitaba. Ella se incorporó con los zapatos en la mano, y lo miró a los ojos, reconociendo el deseo que había en ellos.

     Tucker se acercó a ella, y Natalie sabía que era el momento perfecto para salir corriendo escaleras arriba, pero no podía moverse, la tenía hipnotizada. ¡Lo deseaba tanto! Quería besarlo y acariciarlo como lo hicieron el día de la barbacoa. Desde entonces, pasaba horas enteras soñando con hacer el amor con él. Tucker llegó hasta ella, sin dejar de mirarla a los ojos se pegó a ella, y colocó la copa que llevaba en la mano, en la mesa junto a la puerta que quedaba a su espalda. Después la cogió por las caderas y la empujó suavemente hasta apoyarla contra la puerta. Natalie dejó caer las sandalias de tacón, que se deslizaron por sus dedos hasta chocar contra el suelo. Se humedeció los labios, y se mordió el labio inferior. Tucker observó el movimiento y gimió. El aliento caliente de su boca, mezclado con el aroma del wiscky que había bebido,  acarició los carnosos labios de Natalie recién humedecidos, provocándole una descarga eléctrica. 

     —Pídemelo Nat.— Le dijo junto a su boca en un susurro que la volvió loca.

     Ella deseaba que la besara, pero…¿Se atrevería a dar el paso?

     Tucker vio la duda en sus ojos.

     —Pídemelo Nat— le dijo esta vez con tono urgente rozándose contra ella.

     Natalie podía sentir su aliento en el cuello, rozándola, erizándola. Le dolía la piel de la necesidad de que la tocara. Elevó las manos y comenzó a acariciarle el rostro; perfecto, de facciones duras y sensuales. Lentamente fue recorriéndolo con las yemas de los dedos, deleitándose en cada centímetro, embelesada, intentando gravar en su mente cada una de las formas de su piel. Al llegar a los labios, los acarició con sensualidad. Adoraba esa boca de labios firmes y llenos que sabían cómo besarla en cada momento, él beso la palma de su mano, allí donde se unía con el pulso acelerado de su muñeca, en un gesto íntimo y delicioso. La urgencia pudo con ella, y enredó los dedos en su cabello para acercarlo y besarlo…
 
 

El baile

El camino hasta el baile, lo hicieron en un tranquilo y cómodo silencio. Minutos más tarde, ya podían divisar, la enorme carpa blanca que habían destinado para el baile. Tanto el interior, como los árboles colindantes, estaban salpicados de lucecitas blancas, que proporcionaban la romántica luz ambiental del entorno. Apenas bajaron del coche, oyeron como Phoebe les llamaba desde una mesa cercana.

     —Nos ha costado encontrar esta mesa, parece que este año ha venido más gente— les dijo cuando llegaron hasta ellos.

     —Sí, hay bastante ambiente— replicó Natalie.

     El ambiente era animado; la pista de baile estaba a rebosar de gente que bailaba a son de la alegre música de la banda. Pidieron unas copas y se sentaron a charlar, hasta que comenzaron a tocar las piezas lentas. Phoebe y Ben fueron los primeros en levantarse, seguidos de Mary y Andrew, aunque este último fue a regañadientes.

     Tucker la observó mirar a las parejas distraída.

     —¿Te apetece bailar conmigo?— le preguntó tendiéndole la mano.

     —Claro, pero he de reconocerte que hace mucho que no bailo.

     —Yo tampoco, así que disfrutemos.

     Se acercaron a la pista de baile, cogidos de la mano. Buscaron una de las zonas menos concurridas, en el lateral de la carpa más cercano a la mesa.

     —¿Te parece bien aquí?— le preguntó Tucker.

     —Me parece perfecto— le dijo ella.

     Tucker posó una de sus manos en la espalda de Natalie, para acercarla a él, y con la otra, agarró su mano.

     —Así no— dijo él de repente.

     — ¿Así no, qué?— preguntó ella sorprendida.

     —Que así no me gusta, sigues estando demasiado lejos— la soltó, cogió sus manos y se las pasó por detrás del cuello, después posó las manos en sus caderas, y la apretó contra él.

     Natalie contuvo el aliento, y sintió como las manos de Tucker se deslizaban acariciándole la espalda sensualmente, mientras se movían al ritmo de la música.

     Era perfecta para él, pensó Tucker. Se le acoplaba a la perfección. Le levantó la barbilla para poder mirarla a los ojos. Y reconoció en ellos, el mismo ardiente deseo que lo estaba consumiendo a él.

     —Nat…—la nombró con voz ronca, y la pegó aún más a él, para que pudiese sentir su excitación, lo que ella le estaba haciendo.

     —¿Sí?— le preguntó ella en un susurro apenas audible.

     —Sabes que vamos a hacer el amor esta noche, ¿verdad?

 

 

¡Y llegó….La noche!

 

—¿Dónde quieres ir?— le preguntó Tucker rodeándola desde atrás, y dándole un beso en el cuello.

     Natalie pensó que ya que Anne había vuelto al cuarto de las chicas, prefería que se quedasen en el suyo. Si alguien salía huyendo en mitad de la noche, no sería ella. Señaló la puerta de su habitación, y Tucker la empujó suavemente a su interior, cerrando la puerta tras él.

     En el interior, todo estaba en penumbra. La luz de la luna entraba libre a través de los cristales del balcón, que tenía las cortinas abiertas. Tucker fue a encender la luz, pero Natalie se lo impidió tomando sus manos y guiándolo frente a la cama. Él se acercó a ella y rodeando su cara con las manos, la besó tiernamente. Quería que fuese una ocasión especial, y pensaba tomarse todo el tiempo del mundo. Natalie rodeo el cuello de Tucker, que aprovechó para estrecharla entre sus brazos, apretando sus caderas, contra las de él. Se inclinó y la besó con más intensidad. Natalie se arqueó hacia él, profunda y posesivamente.  Tucker bajó las manos por las piernas de Natalie y le subió el vestido por los muslos, el pecho, y los brazos, hasta quitárselo por encima de la cabeza. La observó; llevaba unas diminutas braguitas rosas, y un sujetador del mismo color. Estaba tremendamente sexy. Sin dejar de mirarla, también él se quitó la ropa.

     Natalie no podía dejar de mirarlo. Nunca había visto un hombre tan perfectamente esculpido. Emanaba una fuerza y energía difícil de describir, lo miró de arriba abajo sin poder evitar detenerse en su sexo, evidentemente excitado, era arrebatador. Tucker se acercó a ella que temblaba ligeramente, y lentamente le quitó el sujetador y las braguitas. La cogió en vilo, y la llevó hasta la cama. Parecía tan inocente…La tumbó a su lado, y comenzó a besarla; primero en la frente, los parpados cerrados, las mejillas, el cuello…Natalie se humedeció los labios con impaciencia, Tucker se apoderó de ellos, cuando la oyó gemir, prosiguió con su descenso; el hueco de la clavícula, la curvatura de sus pechos plenos, soberbios, y erguidos. La luna los perfilaba con una luz azulada, enloquecedoramente tentadora. La impaciencia pudo con él y los cubrió con sus manos, haciéndolos suyos. Los masajeó con sus dedos, ávidos de ella, de cada centímetro de su piel. Bajó su boca hasta alcanzar uno de sus discos dorados, lo succionó y apretó entre los dientes. Ella sabía a piel limpia, a miel, a deseo. Natalie arqueó su espalda cuando sintió la primera descarga de placer. Sus pezones duros despuntaban orgullosos sobre sus pechos, reclamando más y más atención de la boca de Tucker, que iba de uno a otro, lamiendo, succionando, mordiendo, y …entregándola al delirio.

     Natalie no podía creer lo que estaba sintiendo, un calor abrasador se apoderó de su sexo, derritiéndolo, humedeciéndolo. Lo sentía palpitar, latente, exigente. Se arqueaba una y otra vez deseando que él la tocara, allí, que la aliviara de tanta urgencia y desesperación. Pero Tucker se recreaba en sus pechos, en la piel suave de su vientre, trazando círculos con su lengua experta y juguetona, se demoraba en cada centímetro de su piel, haciendo que ella llegara a la más absoluta locura y desesperación. Por fin llegó hasta su pubis, níveo y lleno. Suave y dulce como un melocotón maduro. Tucker no sabía cuánto aguantaría sin penetrarla, pero antes quería comer la fruta tierna y jugosa de su sexo. Le abrió las piernas, y se las colocó sobre los hombros, bajó la cabeza y se apoderó de su sexo; lo recorrió con la lengua en pequeños círculos exploratorios. Natalie sabía a deseo, a flor temprana, a éxtasis. La excitó hasta que su clítoris tímido, se dilató mostrándose exultante ante él. Lo sorbió, lo mordisqueó, y saboreó , hasta que sintió a Natalie arquearse y convulsionar, con crecientes oleadas de placer.

     Natalie se sentía estallar en mil pedazos por dentro. Cada célula de su cuerpo, estaba destinada a disfrutar de aquel momento. El placer era tan intenso que tuvo que agarrar la almohada, la colocó sobre su cara, y ahogó un grito quedo y enardecido.  Tucker le descubrió la cara, le apartó el cabello de los ojos, la contempló bella, sonrojada, preciosa, y la besó.

     Tucker sabía a lujuria, a su propio sexo, mezclado con el sabor de su boca, que la mantenía cautiva. Era excitante y primitivo. Se sentía fuerte y femenina, poderosa. Quería tocarlo, como él había hecho con ella, y se giró sobre él, dejándolo bajo ella, a su merced. Estaba sentada a ahorcajadas sobre su cuerpo duro y perfecto. Tucker levantó a manos para atrapar sus pechos, y ella lo dejó acariciarlos, mientras se movía frotándose contra su cuerpo. Sus sexos se rozaban, mientras ella dibujaba una danza diabólica con sus caderas. Tucker jadeó y ella quiso más, bajó entre sus piernas y cogió su sexo entre las manos. Era grande, poderoso, duro y excitante como jamás habría imaginado. Estaba húmedo y apetecible. Comenzó a mover las manos suavemente, recorriéndolo en toda su longitud. No sabía muy bien cómo debía hacerlo, pero se dejó llevar por su propio instinto, y prosiguió. Lo veía gemir y jadear, y ver el placer que le estaba provocando la hacía sentir más segura y poderosa. Quería más, mucho más, y bajo con la intención de introducirlo en su boca. Quería saborearlo como él había hecho con ella,  darle el mismo placer devastador que le había proporcionado él. Pero cuando Tucker vio lo que estaba a punto de hacer, la detuvo.

     La levantó en vilo, y la colocó debajo de él. Natalie se revolvió y protestó:

     —Nat, cariño. No puedo más, si me haces eso me correré, y no quiero hacerlo en tu boca, hoy no. Quiero hacerlo dentro de ti— le dijo con voz ronca.

     Le abrió las piernas, y se colocó entre ellas.

     —Tucker yo…— dijo ella de repente.

     —¿Quieres que pare? ¿Te lo has pensado mejor?— le dijo él buscando su mirada.

     —No, no es eso— le dijo ella besándolo en los labios.

     —Pues entonces, no quiero saberlo. Necesito estar dentro de ti, ya— le dijo compartiendo su aliento.

     Natalie se apretó contra él, rodeándolo con las piernas, urgiéndolo a que la penetrara, mientras acariciaba su pecho, y le lamía los pezones. Tucker se convulsionó de placer, y sin esperar más, entró en ella de una envestida. Natalie sintió una punzada de dolor, y vio a Tucker que la miraba petrificado.

     —¿Por qué…por qué no me lo has dicho antes?— le preguntó sin entender nada.

     —¿Cambia esto las cosas?— quiso saber ella temiendo que la rechazara.

     —No, claro que no cariño—le dijo acariciándole las mejillas—. Pero de haberlo sabido, habría tenido más cuidado para no hacerte daño.

     —Ha sido sólo un segundo, quiero más— lo instó ella a seguir moviendo sus caderas.

     Tucker le dedicó una maravillosa sonrisa, y cubriéndola de besos, comenzó a moverse en su interior. Una y otra vez. Era cálida y húmeda. La sintió acariciándole la espalda, agarrándolo por las nalgas y apretándolo contra ella. Cuando pensaba que ya no lo soportaría por más tiempo, estalló, la miró a los ojos, y vio que ella llegaba al clímax junto a él. Tucker sintió como ella se estremecía, mientras la llenaba de él. Cogió su cara entre las manos para que lo mirara, y la besó. Saboreó sus labios húmedos y salados, por las lágrimas.

     —¿Te he hecho daño?— le preguntó preocupado.

     —No, ha sido maravilloso—contestó ella con voz entrecortada.

     —Ven aquí—le dijo él tiernamente mientras la abrazaba, y la pegaba contra él— . Gracias— le dijo dándole un beso en la frente.

     —¿Por qué?—le preguntó confusa.

     —Por haberme elegido a mí, para perder tu virginidad.

     Natalie pensó con tristeza, que no era lo único que había perdido con él. También había perdido su corazón, y eso sí era doloroso.
 

 

Y también hubo una estupenda mañana siguiente, pero hasta aquí voy a contar…

Espero que os haya gustado. Mañana pondremos banda sonora a estos momentos.
Un beso a todos y feliz miércoles.

 
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