Concurso III Aniversario del Club de las escritoras.

Hoy vengo a daros una noticia y compartir con vosotros mi alegría. El club de las escritoras cumple 3 añitos, y su administradora Dulce C. López, para celebrarlo ha organizado un mega concurso que no os podéis perder si sois como yo amantes de la novela romántica, pues se sortean más de 40 libros. No os lo penséis un segundo y visitar la página del club y apuntaros pues es una oportunidad única. Un besazo a todos y feliz miércoles.

El club de las escritoras, Concurso III Aniversario

BAJO LA ESCALERA

Antes de que se me vuelva a pasar, llevo unos días para compartiros una cosita. Muchos sabéis que hace poquito que me he mudado de casa. Cuando vivía en la anterior compartí con vosotros, por petición de una lectora, mi sitio de trabajo. Quería enseñaros como ha quedado este. A ver qué os parece. Estoy bajo la escalera, como Harry Potter…jajajajajaja

Banda sonora- PERDICIÓN TEJANA

BANDA SONORA

 
 
 

Buenos días a todos. La entrada de hoy va a ser más cortita, porque sobran las palabras cuando hay música de por medio. O en este caso, acompañándolas. Cuando escribo, me gusta escuchar música mientras, hasta ahí, normal. Es una práctica que me consta, realizamos muchos escritores. En mi caso es una parte más de la fase de documentación de la novela. Busco canciones que me inspiren para las escenas. Es un proceso que va en evolución a lo largo del desarrollo del libro, porque los personajes te van pidiendo más de esto, y menos de aquello, y tienes que ir a adaptándote a las distintas escenas que van surgiendo. Por lo que me encanta, porque también está sujeta a imprevistos y sorpresas. Encontrar la banda sonora de este libro, ha sido más complicado. Perdición Tejana, como Ríndete mi amor, y Unidos por un ángel, fue escrita hace ya más de quince años. Y muchas de las cosas que guardaba en carpetas del proceso de creación de la misma, ha desaparecido. De manera, que he preparado esta otra banda sonora que le va muy bien también, y que de haber escrito el libro recientemente, seguro habría elegido. Espero que os guste y os invito a probar a leer algunas de las escenas que nombro, acompañadas de la música, es algo especial.
Un besazo y espero que os guste.
Feliz jueves.

I need you now Para mí, esta canción es la banda sonora de todo el libro.

Can’t Take My Eyes Off You – Lady Antebellum Escena del baile

 

Lady Antebellum -Just A Kiss Escena de los celos de Tucker

One Day You – Lady Antebellum-
Cuando Natalie está dolida, esperando que el regrese a por Tommy

Lady Antebellum- Hello World – Reencuentro

Lady Antebellum – Lookin’ For A Good Time- Barbacoa con amigos

As You Turn Away- Lady Antebellum (Lyrics on screen)
Noche de amor entre Natalie y Tucker

It´s Your Love By Tim Mcgraw & Faith Hill –  Boda

SEMANA TEMÁTICA PERDICIÓN TEJANA- LOCALIZACIONES Y ESCENAS

Escenas- localizaciones

Buenos días a todos.

Hoy vengo a presentaros algunas de las escenas que más me gustan y sus localizaciones. Para mí las localizaciones, escenarios, son muy importantes. Pero no creo que se deban comer a la historia, ni regodearse en cada detalle, que termina siendo pesado. Me gusta describir lo justo, pero haciendo que sea sencillo introducirse en el ambiente. Os dejo a continuación con una serie de escenas acompañadas de imágenes. Y termino con el que sin duda es el “momento del libro” Espero que os guste y lo disfrutéis tanto como yo.
 

 

 

Los niños

En este libro son importantísimos los niños, así que os presento a algunos de ellos y su ambientación en el rancho.

     —¡Vaya, vaya, vaya! Así que esta es mi nueva tropa— dijo a sus espaldas. Los niños se giraron para mirarla con interés y expectación —. A ver si lo adivino; tú debes ser Gary, de doce años, y tú Robert, de ocho. Amanda, de trece—añadió señalando a la jovencita—. Tú ya eres una mujer. Seguimos, Stuart de once. Brooklyn de cuatro, Anne de ocho, y aquel de allí sentado en los escalones, es Tommy, y tiene seis años—. Definitivamente, estáis todos.

     —¿Cómo lo sabes? ¿Eres una bruja?—peguntó Anne muy sorprendida.

     —Es demasiado guapa para ser una bruja— le replicó Gary muy resuelto.

     —En realidad, soy como un hada, un hada de los caballos— sentenció con gesto altivo.

     —¿Y qué hacen las hadas de los caballos?—preguntó Stuart.

     —Pues el don más importante que tenemos, es el de poder hablar con ellos —les dijo con una sonrisa enigmática.

     —¡Anda ya! Los caballos no hablan— contestaron los niños al unísono.

     Natalie hablaba con los niños mientras observaba a Tommy de reojo. El niño se acercaba al grupo, pero manteniéndose a cierta distancia. Jason, el hijo de Charlie el capataz, que estaba junto a los caballos, miraba a los recién llegados con una sonrisa condescendiente, en su frente podía leerse “¡principiantes!” Natalie volvió a su interesante conversación.

     —¡Claro que hablan!— repuso— Pero no todo el mundo sabe escucharles.

     —¿Él sabe hacerlo? —preguntó Amanda señalando a Jason con la cabeza.

     —Por supuesto que sabe— dijo Natalie—, Jason es un gran vaquero.

     —Entonces yo quiero aprender — decidió Amanda con una sonrisa dedicada al chico.

 

 
La romántica Amanda

 

 
La dulce Penny y señor oso

 

 
Natalie puesta de sol
     Para Natalie, había sido la noche más larga de su vida. No había podido pegar ojo, repitiéndose una y otra vez: “Ojala fuese un sueño”. A las siete de la mañana, estaba ya cansada de dar vueltas en la cama, y decidió levantarse. Se vistió y se lavó, no sin antes cerciorarse de que no iba a tener más sorpresas aquella mañana. Puso el pestillo de la puerta que daba al dormitorio de Tucker y se miró en el espejo. Sintió un nudo en la garganta, al ver la prueba de que no había imaginado nada de lo sucedido la noche anterior. Se tocó ligeramente los labios, tenía una pequeña marca oscura en el labio inferior, seguramente provocada por los pequeños mordiscos que Tucker le había dado ahí, el recuerdo la excitó de nuevo, y un pequeño gemido escapó de sus labios.

     Decidió que necesitaba un cacao, y fue a por él; salió de la habitación y bajó las escaleras con sigilo. No quería encontrarse con alguien, necesitaba relajarse antes de comenzar un nuevo día. Cuando tenía huéspedes en el rancho, Natalie delegaba algunas responsabilidades del cuidado del mismo, en Charlie, su capataz. De manera que aquella mañana, por ejemplo, no había tenido que salir a agrupar el ganado como habitualmente. Aun así, por la noche no podía evitar los papeleos de contabilidad y otros asuntos burocráticos. Era doble trabajo, pero lo hacía con gusto por estar esos días con los chicos. En el rancho Tramontana, recibían grupos muy diversos para la equinoterapia, pero ella reconocía que su debilidad era trabajar con niños.

     Sacó la taza del microondas y salió al porche con el cacao caliente, el ambiente era agradablemente fresco aún. Se sentó en el balancín abrazándose las rodillas y mirando al horizonte.

 
Los amaneceres de Natalie
 

El río

Tucker mantenía una lucha titánica con los niños, cuando observó a Natalie en la orilla, ésta se quitaba el pantalón corto y la camiseta, para quedarse con un bonito bañador malva que se adhería a cada una de las curvas de su sugerente cuerpo. Se le secó la boca deleitándose con la visión. Momento de despiste que aprovecharon los niños para ahogarle, hundiéndole hasta el fondo.

     —¡Me voy a vengar!— los amenazó entre risas, nada más salir. Pero todos reían orgullos de su victoria contra el gigante, incluso Natalie. — ¿Sabéis chicos? Natalie aún no se mojado. ¿A que sería genial, que se metiera en el agua con nosotros?— les preguntó a los chicos mirando a Natalie con una sonrisa retadora.

     —¡Sí! ¡Vamos Natalie, báñate con nosotros!— le rogaron los niños.

     —Ahora voy, es que está el agua un poco fría— dijo ella.

     —¡Anda! Pero si es una miedica…— siguió provocando Tucker con burla—. Si no se atreve, no nos quedará más remedio que mojarla nosotros, ¿verdad chicos?

     Natalie entornó los ojos en una mirada asesina dedicada a Tucker, cuando vio que los chicos seguían sus indicaciones y comenzaban a salpicarla.

     —Perfecto, si esto es lo que queréis…—comenzó Natalie acercándose a la orilla—. ¡Os lo habéis buscado! ¡Mi venganza será terrible! Tengo para todos, incluido usted, Sr. Mc. Gregor— dijo mientras se tiraba al agua, e iba a por ellos.

 

 

¡4 de Julio!
 

 

     Natalie escondió el rostro entre sus manos. No sabía por qué había hecho eso Tucker. Ya la había tratado así antes, pero siempre en privado. ¿Estaba loco? Iba a estar en boca de todos. ¿Cómo iba a explicar a sus amigas que él la trataba así, porque había pasado algo entre ellos, pero que no era lo que ellas imaginaban? ¡Dios! ¿Qué iba a hacer? Lo primero, ¡matarlo!

     —¡Dios mío Natalie, te has puesto colorada!  ¿De modo que ese era tu secreto de belleza?— le dijo Mary.

     —No chicas, no es lo que pensáis. No sé por qué lo ha hecho, pero no hay nada entre nosotros…— intentó explicar.

     —¡Oh, vamos! ¡No te atrevas a negarlo! Había mucha familiaridad en ese beso— le dijo Phoebe señalándole la mejilla—. Además, ¡es fantástico Nati! ¿O debería decir …Nat?— preguntó con aire burlón.

     —Sea como sea, ha merecido la pena ver la cara de Adriana cuando él ha pasado de ella, y ha venido con nuestra Nati— dijo Claudia sonriente, y las demás la aplaudieron.

     —¡Nos quedamos sin carbón!— le grito Henry desde la barbacoa en ese momento. Natalie se levantó como si le hubiesen pinchado el trasero, deseosa de salir de aquella situación. Iba a aclarar aquello sin perder un momento.

     —Voy a matar dos pájaros de un tiro— dijo a sus amigas antes de dirigirse a la barbacoa— Dame la cesta Henry, voy a por el carbón, y tú Tucker, vienes conmigo— le dijo haciéndole una señal con el dedo para que la siguiera.

     —¡Así se hace cariño!— le gritó Phoebe desde la mesa, y todas silbaron.

     Si supieran que a lo que iba, era a despejarlo, no dirían lo mismo, pensó. Se dirigió a la parte trasera de la casa, donde se encontraban los sacos de carbón, estaban lo suficientemente lejos, como para que nadie oyese los gritos que pensaba darle.

     —¿Sabes? También estás preciosa cuando te enfadas— le dijo Tucker nada más llegar.

     —¡Eres muy gracioso! ¿Pero… qué pretendes, arruinar mi vida? ¿A qué ha venido todo eso? ¡Lo ha oído todo el mundo!— le gritó furiosa.

     La idea de que Natalie estuviese enfadada, porque había alguien en concreto, que no quería que escuchase su insinuación, pasó por su mente. A ella le interesaba otro hombre, no podía haber otra explicación a que ella se hubiese molestado tanto con su comentario.     

    —Mira Nat, no te pongas así, lo cierto es que creí que sería un buen modo de librarme de la Srta. Chase.

     Muy a su pesar, a Natalie le produjo un placer especial, saber que él no estaba interesado en esa arpía.

     —Además, no he mentido— continuó—, entre nosotros hay algo.

     —¡Entre nosotros no hay nada en absoluto!— espetó Natalie rápidamente.

     —Sí que lo hay— le dijo Tucker con voz melosa, mientras se acercaba a ella.

     Natalie se apoyó en la pared.

     —No puedes negar que entre nosotros hay química. Yo te deseo, y tú me deseas.

     Natalie se sonrojó al escuchar directamente lo que su mente había estado intentando negar todo aquel tiempo.

     —No puedes estar diciendo esto en serio…— intentó negar ella.

     —¿Quieres decir …que si ahora te beso, no sentirás nada?— preguntó él acariciándole los labios con un dedo.

     —Yo…

     Natalie estaba tan excitada, que no se sentía capaz de articular palabra. Sintió un creciente humedad apoderarse de su sexo. Lo deseaba más que a nada en el mundo, por eso, cuando él se inclinó y la besó, no pudo más que recibirlo.

     Tucker introdujo la lengua en la boca de Nat, apoderándose de ella por completo, y cuando Natalie gimió de puro placer, ya no pudo parar; la sentía derretirse en sus brazos, con una dulce entrega que lo volvía loco. Ella elevó las manos, y enredó los dedos en su pelo, Tucker sintió como se arqueaba para acoplarse mejor a él, y la agarró por la cintura para acercarla aún más.

     Natalie pudo sentir entonces la dureza de su sexo, clavarse contra ella, mostrándole lo mucho que le quedaba por disfrutar aún de él, y deseo más, mucho más. Tucker subió la mano, hasta coronar uno de sus pechos, abarcándolo en toda su redondez, lo presionaba suavemente haciendo movimientos circulares, ella se sentía hervir por dentro, pero entonces, el comenzó a acariciar su pezón con el pulgar, y Natalie gimió pronunciando su nombre.

     —Tucker …por favor…— dijo apenas en un susurro, y él no pudo ver más allá de poseerla en aquel momento.

     La elevó contra la pared, agarrándola por las nalgas, hasta enredarle las piernas en torno a sus caderas, introdujo las manos bajo el vestido. Con una mano la mantenía elevada, y con la otra acariciaba sus muslos, recorriéndolos ávidamente. Llevaba horas acariciando aquella piel morena con la mirada, deseoso de poseerla, lo volvía loco, y ahora la tenía allí para él. Sólo para él.

     Los besos se hacían cada vez más frenéticos y Natalie estaba experimentado por primera vez, lo que era sentirse devorada por la necesidad de ser penetrada. Su respiración era entrecortada, y a no ser porque Tucker la tenía sujeta, se habría caído de bruces. Sentía su cuerpo al límite de lo que podía soportar, la sangre corría por sus venas, en un torbellino que la mareaba. Quería tocarlo, saborearlo, acariciarlo, allí donde no había tocado a otros. Necesitaba cada centímetro de su piel, y sabía por dónde quería empezar. La dureza de su sexo contra ella, la estaba volviendo loca, por lo que su mano se dirigió a la cinturilla de su pantalón, desabrochó el botón y bajó la cremallera con urgencia, introdujo su mano hasta abarcar con ella la totalidad de su caliente y poderosa erección. Sintió un placer especial al averiguar el poder que tenía sobre él. Nunca imaginó que sería así, comenzó a acariciarlo; arriba y abajo, recorriendo toda su enorme dureza. Se sentía primitiva, sexy y sin control.

     —Nat, cariño, si no dejas de tocarme así, te penetro aquí mismo, delante de todos— le dijo Tucker en un gemido ahogado contra su cuello.

     Pero ella no se detuvo, no podía pensar en más que seguir sintiéndolo en sus manos.

     —¡Nat, me voy a correr!— le dijo el apartándose un poco y tomando su rostro para obligarla a mirarlo— para, no puedo más. No quiero correrme en los pantalones, quiero hacerlo dentro de ti.

 

 

Día de rodeo

—¿Qué vamos a hacer hoy?— preguntó Gary, medio dormido.

     —Vamos a montar, y esta tarde iremos a las carreras de sacos.

     —¡Yo quiero ir al rodeo!— dijo Stuart a su espalda.

     —¡Yo también quiero ir al rodeo!— se unió Gary a la protesta.

     —¿Vamos al rodeo?— preguntó Amanda desde la puerta entusiasmada. Con una mano tenía agarrada a Brooklyn, y con la otra se frotaba los ojos.

     Tommy se acercó a Natalie y la tocó en el brazo para llamar su atención. Por señas le dijo que él también quería ir al rodeo. Era la primera vez que el niño expresaba lo que quería, sin ser preguntado previamente. Era una gran progreso, y no pudo evitar darle un sonoro beso y sonreír contenta.

     —Está bien, os doy una oportunidad para convencerme— dijo con falsa resignación—, pero os va a costar caro…— se hizo la interesante.

     —¿Qué tenemos que hacer?— preguntó Anne.

 

     A esas alturas ya estaban todos los niños en la habitación, incluyendo a la pequeña Penny. Miró a los niños que la rodeaban nerviosos y expectantes.

     —No sé si sabréis, pero en fin; ¡quiero el abrazo más grande del mundo!— “que hoy me hace falta” pensó para sus adentros.

     Los niños corrieron hacía ella y la tiraron sobre la cama, llenándola de besos y abrazos.

     —¡Socorro!— gritó ella— ¡Vais a acabar conmigo!— dijo riéndose.

     —¿Te rindes?— le preguntó Amanda.

     —Me rindo, me rindo. Iremos— dijo incorporándose— pero tenéis que prometerme que seréis buenos, os portareis bien, y me haréis caso en todo momento— les dijo advirtiéndoles con el dedo levantado. — En los rodeos hay muchísima gente, y si os despistáis, podéis perderos.

     —Seremos buenos— dijo Anne con una preciosa sonrisa.

     Natalie le acarició la mejilla, estaba un poco caliente, pero lo cierto es que hacía un calor bochornoso.

     —Perfecto, pues tenemos que darnos prisa; corred a lavaros y vestiros, en una hora como mucho, tenemos que salir de aquí, o no conseguiremos buenos asientos. Se fue de la habitación riendo. Natalie ya sabía que con los niños, no se podía hacer muchos planes, porque ellos siempre tenían los suyos propios.

 

El restaurante

 

La cena resultó de lo más amena. El restaurante era muy bonito y acogedor; El Sheldon se había abierto poco después de que ella volviese al rancho, pero aún no había podido ir a conocerlo, aunque le habían hablado muy bien de su comida. Estaba situado en el centro del pueblo, en un antiguo edificio rehabilitado de estilo colonial. La fachada totalmente blanca, hacía presagiar un interior también blanco y elegante, por lo que descubrir lo que escondía su interior, fue una grata sorpresa. Nada más entrar, un camarero ataviado con una especie de túnica en crema, les dirigió hasta la terraza trasera del restaurante, atravesaron unas puertas de madera blanca envejecida, y en cuestión de segundos, se vieron transportados a un vergel. Las paredes acristaladas, estaban cubiertas de árboles; palmeras, plataneros y cañas.  Las mesas redondas, de distintos diámetros, estaban impecablemente vestidas con algodones naturales en blanco, los cubiertos eran de plata y madera, la vajilla de porcelana blanca y  las copas de vidrio verde con labrados de plata en el pie. Las sillas eran de madera de teca con mullidos cojines blancos atados con lazos del mismo color. Un paraíso en medio del desierto.

     —¡Ben, este sitio es fantástico! No imaginaba nada remotamente parecido.— Le dijo admirada.

 

 

 

Los celos de Tucker

 

Entró en la casa con sigilo, estaba todo en silencio, cerró la puerta y se apoyó en ella. De repente, se encendieron las luces del recibidor. Natalie se asustó y se tapó la boca con la mano, para ahogar un grito. Tucker estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos; tenía la mandíbula tensa, y expresión fiera en la mirada. Natalie tuvo que tragar saliva.

     —¿Qué estás haciendo aquí?— le preguntó.

     —Tomarme una copa— le dijo él elevando el vaso que tenía en la mano a modo de brindis.

     En realidad, la estaba esperando. Llegaba tarde, debía haberlo pasado muy bien con aquel tipo. Se tensó. Observó como ella se inclinaba hacia delante quitándose los zapatos; el vestido se le subió por detrás revelando la parte más alta de sus muslos. Tragó saliva y sintió como se excitaba. Ella se incorporó con los zapatos en la mano, y lo miró a los ojos, reconociendo el deseo que había en ellos.

     Tucker se acercó a ella, y Natalie sabía que era el momento perfecto para salir corriendo escaleras arriba, pero no podía moverse, la tenía hipnotizada. ¡Lo deseaba tanto! Quería besarlo y acariciarlo como lo hicieron el día de la barbacoa. Desde entonces, pasaba horas enteras soñando con hacer el amor con él. Tucker llegó hasta ella, sin dejar de mirarla a los ojos se pegó a ella, y colocó la copa que llevaba en la mano, en la mesa junto a la puerta que quedaba a su espalda. Después la cogió por las caderas y la empujó suavemente hasta apoyarla contra la puerta. Natalie dejó caer las sandalias de tacón, que se deslizaron por sus dedos hasta chocar contra el suelo. Se humedeció los labios, y se mordió el labio inferior. Tucker observó el movimiento y gimió. El aliento caliente de su boca, mezclado con el aroma del wiscky que había bebido,  acarició los carnosos labios de Natalie recién humedecidos, provocándole una descarga eléctrica. 

     —Pídemelo Nat.— Le dijo junto a su boca en un susurro que la volvió loca.

     Ella deseaba que la besara, pero…¿Se atrevería a dar el paso?

     Tucker vio la duda en sus ojos.

     —Pídemelo Nat— le dijo esta vez con tono urgente rozándose contra ella.

     Natalie podía sentir su aliento en el cuello, rozándola, erizándola. Le dolía la piel de la necesidad de que la tocara. Elevó las manos y comenzó a acariciarle el rostro; perfecto, de facciones duras y sensuales. Lentamente fue recorriéndolo con las yemas de los dedos, deleitándose en cada centímetro, embelesada, intentando gravar en su mente cada una de las formas de su piel. Al llegar a los labios, los acarició con sensualidad. Adoraba esa boca de labios firmes y llenos que sabían cómo besarla en cada momento, él beso la palma de su mano, allí donde se unía con el pulso acelerado de su muñeca, en un gesto íntimo y delicioso. La urgencia pudo con ella, y enredó los dedos en su cabello para acercarlo y besarlo…
 
 

El baile

El camino hasta el baile, lo hicieron en un tranquilo y cómodo silencio. Minutos más tarde, ya podían divisar, la enorme carpa blanca que habían destinado para el baile. Tanto el interior, como los árboles colindantes, estaban salpicados de lucecitas blancas, que proporcionaban la romántica luz ambiental del entorno. Apenas bajaron del coche, oyeron como Phoebe les llamaba desde una mesa cercana.

     —Nos ha costado encontrar esta mesa, parece que este año ha venido más gente— les dijo cuando llegaron hasta ellos.

     —Sí, hay bastante ambiente— replicó Natalie.

     El ambiente era animado; la pista de baile estaba a rebosar de gente que bailaba a son de la alegre música de la banda. Pidieron unas copas y se sentaron a charlar, hasta que comenzaron a tocar las piezas lentas. Phoebe y Ben fueron los primeros en levantarse, seguidos de Mary y Andrew, aunque este último fue a regañadientes.

     Tucker la observó mirar a las parejas distraída.

     —¿Te apetece bailar conmigo?— le preguntó tendiéndole la mano.

     —Claro, pero he de reconocerte que hace mucho que no bailo.

     —Yo tampoco, así que disfrutemos.

     Se acercaron a la pista de baile, cogidos de la mano. Buscaron una de las zonas menos concurridas, en el lateral de la carpa más cercano a la mesa.

     —¿Te parece bien aquí?— le preguntó Tucker.

     —Me parece perfecto— le dijo ella.

     Tucker posó una de sus manos en la espalda de Natalie, para acercarla a él, y con la otra, agarró su mano.

     —Así no— dijo él de repente.

     — ¿Así no, qué?— preguntó ella sorprendida.

     —Que así no me gusta, sigues estando demasiado lejos— la soltó, cogió sus manos y se las pasó por detrás del cuello, después posó las manos en sus caderas, y la apretó contra él.

     Natalie contuvo el aliento, y sintió como las manos de Tucker se deslizaban acariciándole la espalda sensualmente, mientras se movían al ritmo de la música.

     Era perfecta para él, pensó Tucker. Se le acoplaba a la perfección. Le levantó la barbilla para poder mirarla a los ojos. Y reconoció en ellos, el mismo ardiente deseo que lo estaba consumiendo a él.

     —Nat…—la nombró con voz ronca, y la pegó aún más a él, para que pudiese sentir su excitación, lo que ella le estaba haciendo.

     —¿Sí?— le preguntó ella en un susurro apenas audible.

     —Sabes que vamos a hacer el amor esta noche, ¿verdad?

 

 

¡Y llegó….La noche!

 

—¿Dónde quieres ir?— le preguntó Tucker rodeándola desde atrás, y dándole un beso en el cuello.

     Natalie pensó que ya que Anne había vuelto al cuarto de las chicas, prefería que se quedasen en el suyo. Si alguien salía huyendo en mitad de la noche, no sería ella. Señaló la puerta de su habitación, y Tucker la empujó suavemente a su interior, cerrando la puerta tras él.

     En el interior, todo estaba en penumbra. La luz de la luna entraba libre a través de los cristales del balcón, que tenía las cortinas abiertas. Tucker fue a encender la luz, pero Natalie se lo impidió tomando sus manos y guiándolo frente a la cama. Él se acercó a ella y rodeando su cara con las manos, la besó tiernamente. Quería que fuese una ocasión especial, y pensaba tomarse todo el tiempo del mundo. Natalie rodeo el cuello de Tucker, que aprovechó para estrecharla entre sus brazos, apretando sus caderas, contra las de él. Se inclinó y la besó con más intensidad. Natalie se arqueó hacia él, profunda y posesivamente.  Tucker bajó las manos por las piernas de Natalie y le subió el vestido por los muslos, el pecho, y los brazos, hasta quitárselo por encima de la cabeza. La observó; llevaba unas diminutas braguitas rosas, y un sujetador del mismo color. Estaba tremendamente sexy. Sin dejar de mirarla, también él se quitó la ropa.

     Natalie no podía dejar de mirarlo. Nunca había visto un hombre tan perfectamente esculpido. Emanaba una fuerza y energía difícil de describir, lo miró de arriba abajo sin poder evitar detenerse en su sexo, evidentemente excitado, era arrebatador. Tucker se acercó a ella que temblaba ligeramente, y lentamente le quitó el sujetador y las braguitas. La cogió en vilo, y la llevó hasta la cama. Parecía tan inocente…La tumbó a su lado, y comenzó a besarla; primero en la frente, los parpados cerrados, las mejillas, el cuello…Natalie se humedeció los labios con impaciencia, Tucker se apoderó de ellos, cuando la oyó gemir, prosiguió con su descenso; el hueco de la clavícula, la curvatura de sus pechos plenos, soberbios, y erguidos. La luna los perfilaba con una luz azulada, enloquecedoramente tentadora. La impaciencia pudo con él y los cubrió con sus manos, haciéndolos suyos. Los masajeó con sus dedos, ávidos de ella, de cada centímetro de su piel. Bajó su boca hasta alcanzar uno de sus discos dorados, lo succionó y apretó entre los dientes. Ella sabía a piel limpia, a miel, a deseo. Natalie arqueó su espalda cuando sintió la primera descarga de placer. Sus pezones duros despuntaban orgullosos sobre sus pechos, reclamando más y más atención de la boca de Tucker, que iba de uno a otro, lamiendo, succionando, mordiendo, y …entregándola al delirio.

     Natalie no podía creer lo que estaba sintiendo, un calor abrasador se apoderó de su sexo, derritiéndolo, humedeciéndolo. Lo sentía palpitar, latente, exigente. Se arqueaba una y otra vez deseando que él la tocara, allí, que la aliviara de tanta urgencia y desesperación. Pero Tucker se recreaba en sus pechos, en la piel suave de su vientre, trazando círculos con su lengua experta y juguetona, se demoraba en cada centímetro de su piel, haciendo que ella llegara a la más absoluta locura y desesperación. Por fin llegó hasta su pubis, níveo y lleno. Suave y dulce como un melocotón maduro. Tucker no sabía cuánto aguantaría sin penetrarla, pero antes quería comer la fruta tierna y jugosa de su sexo. Le abrió las piernas, y se las colocó sobre los hombros, bajó la cabeza y se apoderó de su sexo; lo recorrió con la lengua en pequeños círculos exploratorios. Natalie sabía a deseo, a flor temprana, a éxtasis. La excitó hasta que su clítoris tímido, se dilató mostrándose exultante ante él. Lo sorbió, lo mordisqueó, y saboreó , hasta que sintió a Natalie arquearse y convulsionar, con crecientes oleadas de placer.

     Natalie se sentía estallar en mil pedazos por dentro. Cada célula de su cuerpo, estaba destinada a disfrutar de aquel momento. El placer era tan intenso que tuvo que agarrar la almohada, la colocó sobre su cara, y ahogó un grito quedo y enardecido.  Tucker le descubrió la cara, le apartó el cabello de los ojos, la contempló bella, sonrojada, preciosa, y la besó.

     Tucker sabía a lujuria, a su propio sexo, mezclado con el sabor de su boca, que la mantenía cautiva. Era excitante y primitivo. Se sentía fuerte y femenina, poderosa. Quería tocarlo, como él había hecho con ella, y se giró sobre él, dejándolo bajo ella, a su merced. Estaba sentada a ahorcajadas sobre su cuerpo duro y perfecto. Tucker levantó a manos para atrapar sus pechos, y ella lo dejó acariciarlos, mientras se movía frotándose contra su cuerpo. Sus sexos se rozaban, mientras ella dibujaba una danza diabólica con sus caderas. Tucker jadeó y ella quiso más, bajó entre sus piernas y cogió su sexo entre las manos. Era grande, poderoso, duro y excitante como jamás habría imaginado. Estaba húmedo y apetecible. Comenzó a mover las manos suavemente, recorriéndolo en toda su longitud. No sabía muy bien cómo debía hacerlo, pero se dejó llevar por su propio instinto, y prosiguió. Lo veía gemir y jadear, y ver el placer que le estaba provocando la hacía sentir más segura y poderosa. Quería más, mucho más, y bajo con la intención de introducirlo en su boca. Quería saborearlo como él había hecho con ella,  darle el mismo placer devastador que le había proporcionado él. Pero cuando Tucker vio lo que estaba a punto de hacer, la detuvo.

     La levantó en vilo, y la colocó debajo de él. Natalie se revolvió y protestó:

     —Nat, cariño. No puedo más, si me haces eso me correré, y no quiero hacerlo en tu boca, hoy no. Quiero hacerlo dentro de ti— le dijo con voz ronca.

     Le abrió las piernas, y se colocó entre ellas.

     —Tucker yo…— dijo ella de repente.

     —¿Quieres que pare? ¿Te lo has pensado mejor?— le dijo él buscando su mirada.

     —No, no es eso— le dijo ella besándolo en los labios.

     —Pues entonces, no quiero saberlo. Necesito estar dentro de ti, ya— le dijo compartiendo su aliento.

     Natalie se apretó contra él, rodeándolo con las piernas, urgiéndolo a que la penetrara, mientras acariciaba su pecho, y le lamía los pezones. Tucker se convulsionó de placer, y sin esperar más, entró en ella de una envestida. Natalie sintió una punzada de dolor, y vio a Tucker que la miraba petrificado.

     —¿Por qué…por qué no me lo has dicho antes?— le preguntó sin entender nada.

     —¿Cambia esto las cosas?— quiso saber ella temiendo que la rechazara.

     —No, claro que no cariño—le dijo acariciándole las mejillas—. Pero de haberlo sabido, habría tenido más cuidado para no hacerte daño.

     —Ha sido sólo un segundo, quiero más— lo instó ella a seguir moviendo sus caderas.

     Tucker le dedicó una maravillosa sonrisa, y cubriéndola de besos, comenzó a moverse en su interior. Una y otra vez. Era cálida y húmeda. La sintió acariciándole la espalda, agarrándolo por las nalgas y apretándolo contra ella. Cuando pensaba que ya no lo soportaría por más tiempo, estalló, la miró a los ojos, y vio que ella llegaba al clímax junto a él. Tucker sintió como ella se estremecía, mientras la llenaba de él. Cogió su cara entre las manos para que lo mirara, y la besó. Saboreó sus labios húmedos y salados, por las lágrimas.

     —¿Te he hecho daño?— le preguntó preocupado.

     —No, ha sido maravilloso—contestó ella con voz entrecortada.

     —Ven aquí—le dijo él tiernamente mientras la abrazaba, y la pegaba contra él— . Gracias— le dijo dándole un beso en la frente.

     —¿Por qué?—le preguntó confusa.

     —Por haberme elegido a mí, para perder tu virginidad.

     Natalie pensó con tristeza, que no era lo único que había perdido con él. También había perdido su corazón, y eso sí era doloroso.
 

 

Y también hubo una estupenda mañana siguiente, pero hasta aquí voy a contar…

Espero que os haya gustado. Mañana pondremos banda sonora a estos momentos.
Un beso a todos y feliz miércoles.

 

SEMANA TEMÁTICA DE PERDICIÓN TEJANA

Tal y como os prometí, esta semana os voy a dar información de Perdición Tejana, para los que habéis leído el libro, muchas cosas las recordareis, pero otras os parecerán curiosidades. Para empezar, hoy voy a hablaros de los personajes.
Perdición Tejana tiene muchos personajes. Algunos aparecen de manera fugaz para dar un sentido a la historia, pero otros están directamente enlazados con la trama, como es el caso de Phoebe, María, Tommy, Andy, y Ben.
 
En esta primera entrada, os voy a presentar además de a Natalie y Tucker, a estos personajes secundarios. Y para finalizar, os pegaré un fragmento de una de mis escenas favoritas del libro. Os preguntareis por qué en concreto esta escena. Y os digo, porque así empezó todo…
 
Un besazo a todos y espero que disfrutéis.
 
Tucker
 
 
Natalie se giró sobre sus talones y se quedó sin aliento. Se dijo a si misma que se debía a las horas que había estado cabalgando, pero lo cierto, es que aquel hombre era sobrecogedor; debía medir más de metro ochenta y cinco. Sus hombros eran anchos, el cabello castaño oscuro y los ojos del color del acero; grises y turbios. La mandíbula bien definida y masculina, y unos labios perfectos, que en aquel momento dibujaban un rictus serio. Su físico era impresionante, no había duda, pero la turbación que le provocaba venía de la energía que emanaba de él. Y aquella mirada de desaprobación que tanto le había molestado durante años, cuando la veía en los ojos de su padre, y de la que pensaba ya no sería objetivo nunca más
Natalie
 
 
 
 
—El Sr. Mc. Gregor, supongo, soy Natalie Oldman. Siento el retraso. Esperaba haber vuelto a tiempo para recibirles— anunció mientras se limpiaba la palma de la mano en el vaquero y la extendía a modo de saludo.
     Tucker observó la mano de la chica deslizándose por la suya hasta cerrarse en un firme apretón. Tenía una mano menuda, pero de dedos largos y finos, y una piel cálida y suave, que contrastaba con suya, ligeramente áspera fruto de los años de duro trabajo. Sintió un irremediable calor recorrer su cuerpo y al mirarla a los ojos, pudo reconocerlo también en los de ella. Tucker sostuvo su mano más de lo debido, impresionada, Natalie la retiró con demasiada energía, lo que provocó que se tambaleara momentáneamente.
     No había podido evitarlo, ella le resultaba tan sexy, aunque no del modo habitual. La recorrió con la mirada. Tenía el pelo muy  oscuro y corto, y unos enormes y expresivos ojos castaños que lo interrogaban mientras se mordía el labio inferior. Detuvo la mirada en aquel movimiento y el deseo y la turbación volvieron a apoderarse de él. ¿En qué diablos estaba pensando? Esa mujer llegaba con una hora de retraso, haciéndolo esperar después de otras cuatro horas de agotador viaje. Y él… sólo podía pensar en besarla.
Tommy
 
 
—Encantada de conocerte Tommy, soy Natalie— se presentó con una sonrisa—. Estoy segura de que lo pasarás realmente bien aquí, y además, tenemos la mejor limonada de todo Texas —le dijo en tono cómplice—¿Quieres un vaso bien fresquito?— dijo dedicándole la mejor de sus sonrisas. El niño tenía como tío al hombre más irritante del mundo, pero él no era responsable de eso. Por lo que agachada a la altura del niño, esperó a que le diera una respuesta. Tommy dedicó una mirada dubitativa a su tío, y este le dijo:
     —Ve tranquilo chico. Voy a hablar con la Srta. Pero no me moveré de aquí—expresó con ternura, a lo que el niño contestó moviendo afirmativamente la cabeza.
     —Estupendo— comenzó Natalie—. ¿Por qué no acompañas a María a la cocina? Ella te dará un vaso bien grande.
     El niño afirmó con el mismo gesto de antes.
     —Ven cariño— le dijo la mujer cogiéndolo de la mano—, también tengo galletas, y esas sí que son las mejores del estado.
     El niño le dedicó entonces una tímida sonrisa y ambos se perdieron en dirección a la cocina.
 
     —Hola Tommy—el niño la miró— ¿Qué tal estás?—le preguntó, pero tal y como esperaba, no obtuvo respuesta—. Quería que supieses, que estoy aquí para que seamos amigos. Ya sé que últimamente no te apetece mucho hablar, pero eso a mi no me importa. Los amigos de verdad no necesitan hablar con palabras, ¿sabes? se miran a los ojos, y saben lo que sienten—esperó unos segundos observando su reacción—¿Quieres que probemos?
     El niño la miró con curiosidad.
     —Ya veo, crees que no seré capaz.
     Tommy sonrió porque era cierto que no lo creía.
     —¿Lo intentamos otra vez?
     Tommy se puso serio de nuevo
     —Si no quieres, no lo intentamos—le dijo acariciándole tiernamente la mejilla.
     Tommy comenzó a llorar, al principio con un suave sollozo. Natalie se sentó a su lado y lo rodeó con su brazo, la intensidad del llanto aumentó ligeramente.
     —No tengas miedo—le susurraba Natalie al oído—, estoy aquí, no me marcharé—aumentó su abrazó mientras mesaba con dulzura su pelo castaño.
     El niño poco a poco fue dejando de llorar. Natalie limpió su carita de lágrimas. Tenía los preciosos ojos grises, brillantes y tristes, y  a Natalie se le encogió el corazón. Era una pequeña replica de su tío. Sus mismos ojos y color de pelo.
     —¿Sabes que eres un niño guapísimo?—le preguntó Natalie— Te pareces mucho a tu tío. Él te quiere mucho, nunca te va a deja solo tampoco.
     Él la miró un segundo y después centró su atención en la ventana.
     —Me apetece un helado—dijo Natalie de repente—¿Y a ti?
     Tommy asintió vigorosamente con la cabeza.
     —Perfecto, cenaremos sándwiches y helado gigante. Tenemos un atardecer precioso, saldremos al jardín, será divertido.
     Tommy le dio la mano y salieron juntos de la habitación.
María
 
 
Encontró a María en la cocina. La observó mientras ella de espaldas preparaba la masa para su empanada de carne. Llevaba las manos y la bata manchadas con harina. Levantó la mano para apartarse un mechón de cabello de la frente, utilizando el brazo con la intención de evitar mancharse el rostro, pero fue exactamente lo que consiguió. Una sonrisa se dibujó en los labios de Natalie.
     Verla allí, era como remirar una y otra vez la fotografía del momento más feliz de su infancia. Estaba como siempre, con uno de sus vestidos de tela fina floreados, ella los llamaba “batas”. Los tenía en todos los estampados y colores y los combinaba siempre con delantales a juego. Su calzado era siempre bajo y cómodo; María tenía problemas de circulación en las piernas y las arrastraba ligeramente al caminar. Se la encontraba por la casa con facilidad por el siseo de sus zapatillas contra el suelo. Durante los veintiocho años que la conocía, jamás la había visto cambiar de peinado. Llevaba el cabello corto, peinado hacía atrás, ligeramente cardado y de un artificial color castaño, que imaginaba se parecería al que en su día fue su color original. María era muy presumida y decía que ella no peinaba canas, pero lo cierto era, que hacía muchos años que se escondía de ellas. Para Natalie sin embargo aquella lucha contra la edad era una tontería. María era la persona más bella que conocía. Sus pequeños ojos y sus mofletes sonrosados, acompañaban a la sonrisa más amorosa y limpia que ella hubiese visto jamás.
 
Phoebe
 
 
Por otro lado estaba Phoebe, ella era un caso a parte; hija del alcalde y la menor de cinco hermanos, todos varones. La tenían super protegida, y ella, de naturaleza rebelde, se pasaba el día contradiciendo a los varones de su familia. La madre de Phoebe, murió siendo ella una niña. El hecho de haber crecido las dos sin una madre, las había unido como a hermanas. Phoebe, rodeada como estaba de hombres en su casa, siempre era la que más cosas tenía que criticar del sexo masculino, pero para su sorpresa, no había abierto la boca, y estaba un poco ausente. Natalie quiso llevársela para charlar con ella un rato, pero antes de poder hacerlo, la llamaron desde la otra punta del jardín demandando su presencia, así que lo dejó para más tarde.
Ben
 
 
     —Hola Natalie— la saludo una voz masculina a su espalda, cuando estaba ya en la cola del puesto.
     Natalie se dio la vuelta y se encontró con Ben, hacía varios meses que no lo veía; tenía el pelo un poco más largo de lo que lo solía llevar, pero le quedaba bien, le daba un aspecto más desenfadado y relajado.
     —Hola Ben— lo saludó con dos besos—. Hacía mucho que no nos veíamos. ¿Qué tal estás?— le preguntó con afecto.
     —Bien, con mucho trabajo. Siento no haber podido asistir ayer a la barbacoa, pero mi hermana Audry, se puso de parto.
     —¡Oh! Ben, ¡qué alegría! ¿Qué ha tenido? ¿Salió todo bien?— preguntó contenta, sabía que Audry llevaba tres años intentando tener un bebé y por fin lo había conseguido. Le dio un gran abrazo, pues sabía que también era muy importante para él, que ansiaba ser tío.
     —Está perfectamente, el parto fue muy bien, y ha tenido un precioso niño de tres kilos seiscientos— dijo con orgullo—. Dicen que se parece un poco a mí — añadió ampliando su sonrisa.
     —¡Ey! ¡Parece que al doctor se le cae la baba!— bromeó con él.
     —La verdad es que sí…pero Natalie, yo necesito pedirte un favor— le dijo él cambiando el tono animado por uno más nervioso, y algo tenso.
     —¿Qué te pasa Ben?— le peguntó ella preocupada por el cambio.
     Ben le tomo las manos.
     —No te lo pediría si no fuese importante…
     —Claro, lo que quieras…
     —Hola, ¿nos presentas, Nat?— dijo Tucker acercándose a ella y rodeándole la cintura con gesto posesivo.
     Natalie se quedó petrificada. No esperaba verlo allí, y mucho menos, que continuase con su tratamiento del día anterior. Afortunadamente, nadie pareció darse cuenta, nadie, excepto Ben claro, que los miraba atónito. Natalie apartó la mano de Tucker de su cintura.
     —Hola, Tucker. No esperaba verte aquí, pero bueno…Te pre-sentó a Ben; amigo, y médico del pueblo. Y Ben, este es Tucker; el tío de uno de los niños de mi grupo de verano.
     —Encantado— dijo Ben tendiéndole la mano.
     Se dieron un fuerte apretón mientras se miraban fijamente. La tensión entre ambos hombres se hizo tan palpable, que Natalie podría haber cortado el aire.
     —Bueno, debería irme con los niños…
     —Bien— dijo Ben decepcionado—, ¿pero podría llamarte mañana y quedamos para hablar? Necesito pedirte algo muy importante. — Insistió.
     —Claro, llámame mañana y quedamos—le dijo dándole un abrazo y un beso en la mejilla—. Dale a Audry un beso de mi parte, iré a verla en cuanto le den el alta.
     Nada más darse la vuelta, Tucker le preguntó:
     —¿Audry es su mujer?
     —No, su hermana. Ayer tuvo un niño.— Contestó ella dándose prisa por llegar a los asientos.
     —¿Y a Ben, lo conoces desde hace mucho?
     Natalie se paró a observarlo un momento, no entendía a qué venían esas preguntas, pero el rostro de Tucker no reflejaba emoción alguna. Así que prosiguió con su marcha.
     —Lo conocí al volver de Nueva York, él trataba a mi padre, y fue un gran apoyo para mí.
     —Apuesto a que sí— apuntilló él entre dientes.
     —Incluso llegamos a salir en varias ocasiones— le dijo dando por zanjado el tema.
Andy
 
 
     Andy era su mejor amiga, y con ella allí, su felicidad era completa.
     —Me alegra que estés aquí, ¿pero cómo has podido escaparte del trabajo?
     —Me he tomado unas vacaciones. Hasta dentro de quince días no se incorpora mi nuevo jefe, así que era el mejor momento para hacerlo. ¿Y no pensarías que ibas a hacer todo esto sin mí?
     —Esperaba que no— confesó Natalie contenta de que no fuera así.
     Pasaron la mañana y parte de la tarde, buscando vestidos. Natalie tenía la sensación de haberse probado hasta las cortinas de la tienda, pero fue divertido; charlaron, opinaron, rieron, y compartieron recuerdos las tres, hasta quedar agotadas. Entonces cogieron el coche que había alquilado Andy, para volver al rancho.
     —Has elegido bien. Ese vestido está hecho para ti, estás preciosa— le dijo Andy.
     —Gracias, espero que Tucker opine lo mismo.
     —Lo hará. Si ha tenido el buen juicio de no dejarte escapar, debe ser un buen tipo.
     —Lo es, contestó ella embobada.
     —Tengo ganas de conocerlo. Mi hermano también me ha hablado muy bien de él, pero nunca coincidimos cuando salía con él. Bueno, ahora le haré la ficha, a ver si es tan bueno como espero para ti— dijo riendo—. Pero dime, ¿cómo te sientes con el embarazo?
     —Feliz, cansada, revuelta…Una mezcla interesante— le dijo sonriendo—. ¿Y tú qué tal estás? ¿Has conocido a alguien?— preguntó a su amiga que estaba concentrada mirando la carretera.
     —¡Qué va! Estoy absorta en mi trabajo. Estoy en una de esas épocas en las que prefieres estar sola. No sé cómo va a afectar lo del nuevo jefe a mi trabajo, y eso me preocupa bastante más ahora.
     —En las revistas ponen a tu nuevo jefe, el nieto del Sr. Cox ¿verdad?—Andy asintió con la cabeza con una mueca— Bueno, lo ponen como el soltero de oro. Y es muy atractivo…
     —¡Natalie! ¿Tú también? —todo el mundo está revolucionado con el casanova ese. Yo solo quiero que me deje hacer mi trabajo, y no llegue a la empresa con demasiados aires de grandeza. No me interesa él lo más mínimo.
     —Tranquila, te entiendo. Hace unas semanas, yo estaba en una situación parecida a la tuya, en cuanto a los hombres, pero ahora, mírame. Embarazada, y a punto de casarme.
     —Sí, has dado la campanada— dijo Andy riendo, y Natalie la acompañó.
    Minutos más tarde, llegaron al rancho. Tucker las esperaba en la puerta, por lo que las presentaciones, no se hicieron esperar. Andy dedicó la cena, a hacer un exhaustivo test de preguntas a Tucker, para cercionarse de que se trataba del hombre adecuado para ella. Y aprobó con matrícula de honor.
 
 
Escenas preferidas
 
 
Tucker entró en el baño para recoger el reloj que se había dejado sobre el lavabo. Escuchó un ruido que provenía de la bañera y fue hasta ella; Natalie se encontraba totalmente sumergida en el agua.
     Natalie disfrutaba de aquellos maravillosos momentos de paz, cuando de repente, unos fuertes brazos la sacaron en volandas. La sorpresa y el susto le hicieron tragar agua, y comenzó a toser como si le fuera la vida en ello. Le costaba ver; tenía el pelo sobre la cara, y chorreaba agua por todas partes. Unas manos ligeramente ásperas y fuertes, le cogieron el rostro mientras le quitaban el pelo pegado a el.
     —Natalie, ¿Te encuentras bien?— oyó que le decía  la pro-funda voz de Tucker.
     — Pero…¿Qué demonios se cree usted que está haciendo?— le espetó furiosa en cuanto pudo abrir los ojos.
     Tucker la miró estupefacto como si estuviese loca.
     —¡Casi me ahoga!— le gritó ella.
     —¡Qué casi la ahogo!—le dijo alucinado— ¡Pero si acabo de salvarle la vida!
     —¿Cómo me va a salvar la vida? Si me estaba bañando tranquilamente cuando…
     En ese momento los ojos de Tucker se deslizaron por el cuerpo desnudo de ella; tenía la piel brillante, el agua caía por sus exuberantes curvas; el cuello, los turgentes y redondeados pechos, el abdomen, los muslos. Era perfecta y terriblemente sexy. Sintió como reaccionaba inmediatamente su cuerpo, y un deseo irrefrenable se apoderó de él.
     Natalie cegada por la rabia, no se había percatado de su desnudez hasta que Tucker bajó la mirada deslizándola por su cuerpo. Con rapidez agarró la toalla que tenía a su espalda y se enrolló en ella. No sabía que decir. Era evidente que la había sacado del agua pensando que estaba en apuros, y ahora la miraba de aquella manera; primitiva y oscura.
     Tucker observó como Natalie se mordía el labio inferior con gesto dubitativo. Estaban a tan solo unos centímetros, si se inclinaba sobre ella, podrá deslizar la lengua por ese mismo labio y…
     Natalie leyó la determinación en los ojos de Tucker y dio un paso atrás, chocando su espalda con la puerta cerrada. Vio como él se acercaba atrapándola, mientras apoyaba ambas palmas en la madera.
     —Sr. Mc. Gregor…yo debería…
     —Tucker, ¿recuerdas?—le dijo el en un susurro ronco frente a su boca.
     —Tucker— repitió ella con un hilo de voz.
     —¿Te he dicho ya que me encanta cómo lo dices?— dijo el sin moverse ni un centímetro.
     Permanecía tan cerca de ella, que podía compartir su cálido aliento. El calor que emanaba su cuerpo la envolvía. Llevaba unos pantalones con cinturilla elástica negros, que apenas descansaban sobre sus caderas, y una camiseta del mismo color con cuello amplio en pico que dejaba a la vista  parte de su torso. El aroma de su colonia mezcla de sándalo y madera, le hicieron flojear las piernas. Natalie sintió un escalofrío.
     —Creo que debería marcharme— dijo con voz temblorosa.
     —¡No!— dijo él con firmeza.
     —¿No?— preguntó sorprendida.
     —No sin antes un beso de buenas noches— dijo mientras le acariciaba con el dedo, el labio que segundos antes ella se mordía.
     Natalie contuvo la respiración, sabía que era el momento de quejarse, pero estaba paralizada por la excitación. Se humedeció los labios con la lengua, que rozó ligeramente el dedo de Tucker, éste soltó un gemido, y la besó; al principio fue solo un roce de labios, lento, sensual, sintiendo cada vibración de la piel, después, Tucker deslizó la lengua por sus labios.
     “Sabia tan bien” pensó Tucker, era como una fruta prohibida, solamente para él. Los mordisqueó, y cuando estos se abrieron en señal de dulce rendición, no pudo más e introdujo la lengua apoderándose de la cavidad de su boca. Era cálida y suave, ninguna mujer le había hecho sentir aquella poderosa excitación, mezcla de inocencia y entrega absoluta.
     Natalie sentía un calor abrasador en cada una de las células de su piel, le faltaba la respiración…”tenía que parar con aquello”, se decía a si misma. Había conocido a ese hombre hacía unas horas, y él…¡ni siquiera le gustaba! ¡Aunque cualquiera lo diría! Sintió que él se separaba apenas un par de centímetros con la respiración entrecortada, y aunque una parte de ella deseaba hundir los dedos en su pelo y volver a besarlo, otra le indicó que si no hacía algo, en aquel momento sucumbiría a él sin remedio. No lo podía permitir, y antes de que Tucker pudiese reaccionar, abrió el pomo tras ella, pasó bajo su brazo y escapó al interior de su habitación cerrando nuevamente la puerta, esta vez en sus narices.
     Tucker se quedó con la frente apoyada en la puerta un buen rato. “¿Qué demonios había pasado allí?” pensó. En un principio creyó que se conformaría con un casto beso de buenas noches, pero en cuanto la saboreó, en cuanto sintió su dulce rendición, no puro parar. Aquella endiablada mujer había hecho estallar todos sus sentidos con un solo beso, y después huía de allí dejándolo excitado y frustrado. Una cosa no podía negar: “¡Le había gustado! ¡Dios! Le había gustado, y mucho, y pensaba repetir”. Se dijo con determinación mientras se dirigía a su habitación cerrando la puerta tras él.
 Y mañana localizaciones… Con una sorpresita que espero que os guste.
Un besazo, y feliz martes.